Serie: Pensamiento (CXX)

 

La intensidad necesaria

Enrique Puchet C.

Desde siempre se ha censurado la propensión a contentarse con simplificaciones en la instancia de la interpretación, con explicaciones y descripciones sumarias que todo lo reducen a unos pocos factores cuya indefectible operación ahorra otras búsquedas, quizás (intelectualmente) riesgosas. La observación: "no se trata más que de… ", debe alertarnos; la manía de la descomposición está siempre allí para ignorar la segura complejidad del "todo".

Es que la censura no ha conseguido reprimir una tendencia que sigue mostrándose férrea, ya que no vigorosa. Si referimos a nuestro medio, es un hecho comprobable el descuido de las enseñanzas de Vaz Ferreira, que iban manifiestamente en el sentido de contrarrestar la modalidad de que hablamos.

En un tiempo no lejano estuvo difundida la visión, que por de pronto era bergsoniana -se sabe del influjo de H. Bergson en ciertos círculos de estudiosos- según la cual existe una especie de armonía entre los modelos mecánicos y la función de la inteligencia, siendo esta esencialmente práctica. Lo comprobable sin duda, como fenómeno cultural, es la complacencia con que ensayistas y miembros de la comunidad académica, incluso refinados, elaboran y reciben modos de ver -acerca de ideas o de conductas: ¿cómo distinguirlos?- en los que el "modelo" bidimensional prevalece sobre el relieve, y la composición de fuerzas conduce a suprimir toda posible retroacción. Lo que es abierto y rectificable, desconcierta: lo abstracto, determinista, es bienvenido. (No obsta a que se oigan frecuentes invocaciones al goetheano "árbol de la vida".) Si logramos mostrar cómo "esto que hay ahora no es más que lo que antes había", o que recurrir a factores cualitativos no es sino retórica probablemente simuladora -y, así, otras formas de presentar lo animado en la figura de su opuesto mecánico- si eso hacemos, nuestra mente, que ama la economía de esfuerzos, celebra el triunfo de la claridad concluyente y taxativa sobre la oscuridad acaso (mal) intencionada. ¿Por qué no habríamos de preferir la transparencia a la opacidad? (A alguien, joven, le hemos visto sonreír ante la insinuación de que es un mérito percibir matices…)

La muestra de cada dia

A esta propensión que aboga por una lógica en apariencia invencible, le llamamos provisoriamente pérdida de la intensidad. Y no creemos que se trate de un asunto meramente "escolástico", puesto que con él, con e.l culto de la estereotipia que ahí se esconde, se vinculan amenazadoras rigideces de la vida diaria.

Porque no es dificil pesquisar casos de pérdida de la intensidad. Los del orbe intelectual se dan con mayor grado de "pureza", una vez que se los examina. Se los encuentra no solo en las grandes sistematizaciones que han permanecido en la historia (todos los materialismos "vulgares", por ejemplo), sino en expresiones como de paso que es posible captar en la cotidianeidad "ilustrada" -lo que las hace más interesantes, más dignas da ser relevadas. No hay en esto manifestaciones inocentes.

No se diria que haya algo de singular en la sustitución por la que la historiadora -sobre el período de dictadura en Uruguay- formula como "testeo" (sic) la postura del gobierno de los EE.UU. hacia 1980, en cuya virtud se hizo valer como "símbolo" la tesitura que sacaba a luz los excesos del poder autoritario en nuestro país. ¿Va a1guna distancia, de test a símbolo? Sí, media un incremento no inslgnificante, de orden moral. Sea como fuere que "moral" se interprete a la escala de las naciones, se quería hacer patente la sanción que el gobierno de J. Carter -este, en particular- reservaba para los regímenes que colidían con la índole compasiva que el elenco gobernante se atribuía expresamente y ponía en práctica. "Someter a prueba (test)", dice considerablemente menos; admite, por de pronto, que el curso adoptado podría ser abandonado si resultaba inef'ectivo. Es claro que algo de este tipo -consideración de la efectividad- está contenido siempre en las decisiones del poder (o en cualesquiera decisiones). Pero, pasar por alto que en la "simbolización" hay un plus de condena ética, es ignorar que el juicio califica. convertirlo en ensayo que espera "a ver qué sucede". En esa medida, la conversión de un plano en otro, tan atrayente (al parecer) para actores y estudiosos de estos días -lo que no obra en beneficio de una práctica dotada de energía-, procede a des-animar la actitud adoptada en aquellas horas de infeliz memoria. Desposee retrospectivamente a la política del poderoso vecino del coeficiente de intensidad (¿es, después de todo, el término adecuado?).

No llevamos nada ganado -en plenitud de experiencia, en integridad de apreciación- si nos aferramos al punto de vista desde el cual el rango de "intenso" es mirado como una cuestión de grado, como una irrelevante cuestión de grado.

Lo que se ha vuelto tópico

El abuso de los modelos mecánicos en publicistas y trasmisores de cultura (caso destacado: los educadores) ha motivado hablar de la educación como del campo predilecto de la uniformidad, del recurso a estereotipos, etc.

Se presupone, incluso con apresuramiento, que este es un dominio en el que imperan los esquemas privados de vitalidad, literalmente despedazado por el tironeo de disciplinas impartidas con unilateralidad (un mal que no podría hacerse remontar a Comte).

La versión, que ya no ocasiona sobresalto, ha estado ganando terreno, lo mismo por críticos de discurso hábil que por enseñantes de fe disminuida. A nadie sorprende leer, en un trabajo universitario en años recientes, que "la tendencia. recurrente de los adultos es considerar la realidad como una serie de fotos estáticas; las relaciones entre los fenómenos quedan sin demostrar. Y la educación formal continúa fragmentando el conocimiento en asignaturas, desvinculándolas.

"La experimentación, sigue diciéndose, suele ser guiada. Difícilmente un estudiante tiene la oportunidad de explorar el mundo por sí mismo…"

Un campo hecho de pasividad y fragmentación, literalmente sin aliento, sin espíritu. ¿Qué es lo peculiar de la situación así conformada -esto es, al mismo tiempo, la cosa y el juicio sobre ella? Para nosotros. lo peculiar es el tono apacible que ha llegado a tener la denuncia, su aspecto de "frase hecha" que circula sin tropiezos. Hay una importante diferencia. con los reformadores del pasado. Estos emprendían: cuestionadores de la rutina pedagógica, al acusar los defectos tenían andado medio camino en la vía de superarlos. Abrían simultáneamente cauce a nuevas maneras de proceder y abogaban activamente por ellas; así, atendían el requerimiento de las prácticas sociales, o la maduración psicobiológica, o la coherencia de un pensamiento inquisidor y productivo. Hasta los reclamos del tradicionalismo -sea el idealista o el fideísta- pregonaban valores que se querían sustanciales. Hoy -el diagnóstico puede ser atenuado- los que cuestionan, por lo mismo que se trasmiten un repertorio crítico rápidamente envejecido, parecen tan afectados de inoperancia como los métodos que censuran.

En la edad del desánimo, las respuestas adolecen de la misma vaguedad consoladora que el afincamiento en la rutina (con una excepción muy poco promisoria: las embestidas febriles contra lo existente). Parece como si se nos recomendara la nostalgia como vía de escape del callejón sin salida en que nos hallaríamos: las dificultades son turbadoras, las "soluciones" no lo son menos. Porque no se dirá que lleva más lejos la sola invocación al "pensamiento sistémico o complejo" como remedio de nuestros males. Al fin y al cabo, era más persuasivo aludir a "la geometría moviente de la vida", como lo hacía un divulgador del siglo XIX en sus postrimerías.

Entre tanto, tal vez no se necesite otra cosa que lo que antes dio en llamarse "un nuevo espíritu", con toda la carga -de aventura intelectual y de actitudes a asumir- que la expresión conlleva. Haría falta, eso sí, abstenerse de asociar "actitud" con algún modo débil de tomar posición, tal vez sin aceptar responsabilidades.

No estamos presumiendo que, ahora mismo, haya de proclamarse un código al que sujetar la forma de pensar. Puesto que implícitamente se aconseja una disposición abierta -tampoco conviene confiarse a estos lemas recurrentes-,no es el caso de construir instrucciones precisas. Solo sugerimos que hay un impulso que retomar, y cabe que este se encuentre en ciertas postulaciones del pasado que piden únicamente ser consideradas sin prejuicios. En lo que sigue, tomaremos en cuenta uno de esos estímulos que están a mano (y no nos referimos a eruditos).

La complejidad vivida

"La historia, mientras condena a Fouché, no podrá negarle audacia en su actitud durante el período de Cien días, altura po1ítica en su táctica con los partidos y grandeza en la intriga.

"Todo esto lo colocaría al lado de los grandes estadistas del siglo si existieran verdaderos hombres de Estado sin virtud y sin dignidad de carácter". (Lamartine)

No es extraño que sea en los románticos en quienes es posible entrar en contacto con un estilo de aprehensión del cual extraer aprecio por los.matices y simpatía por intensidades que no deberíamos apresurarnos a descalificar. De unos y de otras nos hallamos escasamente provistos.

No vamos a meternos de lleno en dominio tan intrincado. Nuestro tema consiste en relevar un aspecto que no cuesta identificar y del que los eruditos tienen abundante noticia.

Desde siempre se sabe que, en sus exponentes mayores, caracterizó al Romanticismo una singular afinidad con aquellos rasgos, percibidos en cualquier estrato de la realidad, que hoy llamaríamos "superestructura1es", esto es, los aspectos cualitativos, diferenciales, objeto de captación "sentimental". La renovada estima por lo individual, la valoración del entusiasmo como de posesión divina que obtiene más que lo previamente existente, la apertura a lo abrupto (a 1o novedoso) (1) que, sin embargo, hacía lugar a las continuidades eficaces ("El niño es padre del adulto"), son asunciones por las que el romántico -político, historiador, poeta (2)- tuvo señalada predilección. En la versión discursiva del ensayo, dijo lo pertinente P. B. Shelley (1792-1822), en Defensa de la poesía (hay traducción de J. Kogan Albert).

Este autor le reconoce a la poesía una suerte de función ontológica. No la ve como sobreagregado feliz a un orden de cosas que, sin ella, estaría completo de suyo. El prosaísmo, diríamos, empobrece la realidad misma, la priva de "la savia que nutre y propaga los vástagos del árbol de la vida". La floración poética, contrapuesta a los usos triviales de la existencia, descubre un rasgo veraz, no es un añadido puramente fantasioso. No es legítimo afirmar que la fragancia, o el color de la rosa, son menos sustanciales que las estructuras objetivamente descriptibles. La belleza no es apariencia sino forma totalizadora que trasciende "los secretos de la anatomía y de la corrupción": no es siquiera sensato dejarla escapar como si fuera una sombra (o epifenómeno) de los procesos "ver-daderamente" reales. (Todavía hoy, la interpretación se esfuerza por restablecer los derechos incuestionables de la superestructura.)

Considerar que lo cualitativo es meramente revestimiento superficial es desposeer a la experiencia humana de los hitos en que se muestra cu1minante: la virtud, el patriotismo, el amor… El texto shelleyano vale por toda una rehabilitación de las "cualidades terciarias", a las que viene a declarar tan reales como la extensión o el sonido. Es lo que, en nuestra rápida revisión, hallamos rescatable en él: una buena advertencia para el largo hábito de apagar el brillo, el calor, la tensión cada vez que emerjan por derecho propio. A Contrarrestarlo es a lo que proponemos llamar recuperación de la intensidad.

Ardua faena

No será fácil volver a colocarse en una dirección de pensamiento que contraría costumbres arraigadas y a la que esperan reproches igualmente estereotipados (idealismo, platonismo encubierto…). Lo prueba la seguridad con que es posible prever la predilección por el modelo de las pocas palabras -pocas e imperiosas- que pretenden abarcarlo todo.

La experiencia puede anticiparse. Se trata de una simple confrontación. Por un lado, en el período entre las dos guerras, Ed. Spranger planteaba, al pensador, "la exigencia de que lleve en él esta sustanoia del espíritu del pueblo y del tiempo, si quiere expresar algo que no sea meramente reconstruido, sino cimentado en el contenido ético del espíritu" (Fundamentos de la política escolar, II). Por otro lado, ya en nuestra generación, el pedagogo español J. Gimeno Sacristán ensaya, sin proponérselo, una réplica tajante, al escribir: "Un plan de educación no es el resultado de un acto de inspiración, sino de una lucha darwiniana por la existencia y la supervivencia del más apto".

Entre una y otra versiones, la mayoría de las opiniones (también de este lado del Atlántico) se inclinará por la segunda, que aparece como más sólida y libre de "metafísica". No se está dispuesto a soltar -así se dice- el hueso por la sombra.

Y, sin embargo: ¿es seguro que no se está sacrificando algo valioso cuando transformamos la acción orientada según ideales por el encarnizado combate entre selváticos?

REFEENCIAS

(1) "Nuestras acciones, esas son nuestras épocas" (Byron, Manfredo).
(2) En otro plano, es también representativa de la sagacidad romántica la sutileza con que Lamartine juzgó a J. Fouché. S. Zweig (1929), que es a quien debemos la cita del acápite, comenta: "Con tal clarividencia juzga el hombre de Estado a1 poeta que fue contemporáneo suyo y sintió las vibraciones de aquel ambiente". A un lado el énfasis, una conclusión importante queda en pie: si suprimímos cosas tales como la congenialidad o el "hacerse dueño" de estructuras que comprender, es como si no nos hiciéramos contemporáneos de nada vitalmente apresable.

Volvamos al comienzo del texto


Portada
Portada
© relaciones
Revista al tema del hombre
relacion@chasque.apc.org