En diálogo con Gerardo Ciancio
Sylvia Lago: la escritura narrativa como destino
La narrativa de Sylvia Lago tiene, hoy por hoy, un territorio autoral claramente "visible" e "instalado" en el concierto de las letras del continente mestizo, territorio que comprende una sostenida producción que va desde sus experiencias iniciales hasta la renovadora propuesta novelística de Saltos mortales, e, incluso, hasta sus últimos cuentos publicados en La adopción y otros relatos. Antología Personal (subtítulo de borgeana raigambre),
Por su temática, por su tratamiento del lenguaje, por su búsqueda e indagación en las posibilidades del género, por la creciente apertura a los públicos lectores que vienen muy "hamacados" por una literatura continental signada, particularmente, por el extraño y sobre-interpretado fenómeno del boom y cierta literatura epigonal que de este derivó, los cuentos, los relatos extensos y las novelas de Sylvia Lago han aireado la producción del género en el campo literario regional.
Durante décadas de labor, la obra de nuestra narradora fue seguida paciente y permanentemente por la crítica. La recepción de su narrativa obligó a los exégetas a (re)leer el género, a descubrir una manera nueva y removedora modalidad de dibujar estructuras, atmósferas, procedimientos y composición de personajes, que la autora de Saltos Mortales supo ir mostrando con coherencia y arrojo creativos.
Algunas de estas primeras "lecturas" avisadoras del nuevo "hallazgo" fueron realizadas, oportunamente, por críticos de la talla de Mario Benedetti o Ángel Rama. Asimismo, y en este sentido, el propio Arturo Sergio Visca afirmaba en 1968: "Sylvia Lago es, sin duda, una de las figuras más interesantes de la promoción literaria a que pertenece". (1)
Ubicada por Ángel Rama en la segunda promoción de lo que él denominó "la generación crítica", (2) Lago es la narradora de ese grupo, que aún hoy, en los tambaleantes comienzos del siglo XXI, nos propone un universo narrativo muy vigente, contemporáneo al lector "transmoderno", cuidado en el plano de la expresión, pero atento a la historia contada, a la trama, a la creación de climas envolventes y sutiles, a la conexión empática con sus destinatarios.
No obstante, el cosmos creado por Sylvia Lago no pierde su visión sesgada por los grises, los claroscuros, las contradicciones y miserias de este valle lacrimarum. La "existencia" de sus personajes (que nos "resuenan" en la experiencia lectora, y luego, devienen en cuasi "personas" en el efecto sucedáneo a la lectura), está signada por un pathos de dolor, mezquindad, altruismo, erotismo, alineación, hipocresía o, lisa y llanamente, locura de la que no les es fácil escapar, que se construye, muchas veces, en un sino del que da cuenta la propia diégesis.
Por ejemplo, en el espléndido cuento "Manos de príncipe", los contrastes entre lo dicho y lo por decirse; la distancia entre lo apenas sugerido y lo que la "narración" oculta, o, por lo menos escamotea con inteligencia genérica, entre el suceso pleno de horror y sordidez, y las rutinas y ceremonias diarias de la vida cotidiana que nos vertebran y sostienen al igual que a los personajes: "Después vino lo otro, el comienzo del horror: él no regresó al cabo de una semana sino al cabo de un mes; casi no hubo noticias en ese lapso. Solamente aquella llamada telefónica que usted mismo me hizo, creo, para comunicarme que Héctor estaba bien, que no me afligiera por él. Pero a esa altura, sépalo, ya nadie me engañaba. Tampoco él pudo hacerlo cuando me llamó y trató de fingir la más liviana y alegre de las voces: ‘Ivonne, prepara una buena comida: volví con un ansia enorme de disfrutar tus manjares caseros’. Antes de verlo, antes, presentí todo: cuando él me contó, tratando de trivializar el tema, que había sido ‘una averiguación sin importancia’, supe que esos días de detención le habían destrozado el alma."
O bien, el "testimonio" de un yo replegado a su más rasgada conciencia, nos dice en el cuento "Mamografías" de su reciente libro: "Adivino lo que están pensando: que soy un monstruo Tal vez. Cada uno, dicen, elige su destino y se acomoda en la telaraña de la vida como puede, tratando de no sufrir demasiado. Y sin embargo miren en lo que terminé: presa en un sanatorio psiquiátrico, no en la clínica de los doctores Müller, que era mi segundo hogar, sino en este antro donde, muy de tanto en tanto, uno de mis jefes me visita. Por lástima, claro, y por no desmerecer su imagen de altruista"
Quizás la llave maestra para abrir los sentidos últimos de esta narrativa, para permitir arrojar una luz hermenéutica, para generar un nuevo espacio de interpretación de su obra, se sintetiza en las palabras de la propia Sylvia Lago, que cierran el "Prólogo" del libro de cuentos y co-relatos que se publica en este fin del 2007: "En algún momento de mi vida declaré que el escritor procura, a través de su obra, ‘acercarse a la verdad, oculta tras los múltiples disfraces de la realidad, sabia en ficciones.’ Hoy siento que acaso esto sea una aspiración desmedida. Aunque sigo confiando -creyendo- en las ‘verdades’ del arte. Y por supuesto en el lector, protagonista literario él mismo, cómplice y destinatario."
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Esta entrevista se realizó en algunos días de nuestra primavera montevideana, en una serie de amenos y cálidos encuentros con la entrañable narradora, en donde "preguntada" y "preguntador" sintieron que construían un espacio de reflexión en torno a los modos de producción y recepción de la literatura de ficción para compartir con los lectores de la revista, y, con la convicción de parte del entrevistador, de estar con la narradora más importante en el presente del sistema literario uruguayo.
G.C. ¿Qué "tradiciones" y "fluencias" literarias cree que convergen desde y hacia su escritura narrativa a lo largo de sus más de cuatro décadas de producción literaria sostenidas en un rigor y una profesionalidad no común en el concierto literario del campo cultural rioplatense?
S.L. Para comenzar, me parece acertado este concepto que usted utiliza en su pregunta: "fluencias", (3) ya que si nos remitimos al concepto acuñado por la tradición, o sea, el, de "influencias", lo entendemos, en general, y de ello da cuenta la historia de la crítica literaria, como "huellas" o "marcas" definidas, como "la acción que uno ejerce sobre otro". Si nos remontamos a un pasado personal e histórico más o menos próximo, e intentamos ubicarnos en él, podemos entender que al haber empezado mis contactos e "incursiones" literarias siendo niña, podría atreverme a afirmar que las grandes "tradiciones" me llegaron por distintas vías: en primer lugar, y esto no supone un orden cronológico ni de preferencias o jerarquizaciones a priori, la tradición de la cultura oriental a través de las lecturas que mi padre me hacía, asiduamente, de los relatos de Las mil y una noches, y de mis propias lecturas de los cuentos de hadas de la India, de la China, que por entonces, recuerdo claramente, se publicaban en unas ediciones grandes, de tapas amarillas y duras, con ilustraciones que me seducían de una forma que hoy me parece difícil explicitar racionalmente. Creo que esos sedimentos permanecen aún hoy vigentes, y contribuyeron a crear un imaginario intransferible. Mucho tiempo después incorporé la tradición occidental por intermedio de la lectura de los "clásicos", especialmente, me refiero, a una zona importante del hábeas de las literaturas griega y latina.
Leía hace poco una entrevista a un muy buen escritor joven, Henry Trujillo y comprobé cuánto contaban en su formación los trágicos griegos, cuántas de esas "fluencias", por retomar su término, llegaban a su escritura desde personajes como el de Antígona, por ejemplo. Ahora bien, particularmente en mi caso, también los personajes clásicos de Fedra o Hécabe a veces, asoman sus perfiles, sus sombras y luces, en mi obra narrativa. Asimismo, me acerqué tempranamente a la dramaturgia de Shakespeare, de cuya obra conservo aún una edición española de la ya legendaria Aguilar que recibí como premio en un concurso literario de cuentos de la Asociación Cristiana de Jóvenes. También me gustaría decirle que todavía me fascinan algunos cantos de la Divina Comedia -que aprendí de memoria cuando era estudiante. La literatura moderna me llegó a través de los narradores rusos, a quienes leía en las entregas de la revista argentina Leoplán. Luego fueron arribando a mis lecturas asiduas, la poesía española y latinoamericana; sigo adorando a Antonio Machado y a Rubén Darío. Las estrofas del nicaragüense impar suelen intercalarse en mis cuentos, como en el caso del titulado "El corazón de la noche", que se incluye en esta nueva antología a la que titulé, -el lector comprenderá las claves de esta elección paratextual- La adopción y otros relatos. Antología personal. Un tiempo más tarde, ya señalando hacia el mundo narrativo anglosajón, leí con fervor a la llamada "Generación Perdida", me refiero a los mundos narrativos de Faulkner, Hemingway, Dos Passos, y otros autores de ese tenor. No obstante, no dejé de frecuentar la poesía: desde el italiano Giacomo Leopardi al entrañable peruano César Vallejo. No es el momento de mencionar a los autores actuales, incluidos algunos uruguayos admirables, porque no terminaría con la "lista" ni concluiríamos la entrevista.
Como tendencia predominante, la crítica ha reconocido en mi obra rasgos del realismo, aunque pocos son los así considerados "escritores realistas" que me orientaron en mi trayectoria literaria. Creo que en mi escritura, y a lo largo de un trabajo que traté de que fuera lo más respetuoso y profesional a la hora de llegar al lector, se han mixturado los cauces de la prosa y los de la poesía, sin que yo lo percibiera claramente, sin que me lo propusiese como un programa escritural predetermiando, buscado como efecto, usted comprenderá.
G.C. ¿Cómo logró "ensamblar" su tarea como crítica literaria con su obra de ficción, pienso por ejemplo en el caso de la "saga" de los Lugones?
S.L. Pienso que en mí se "ensamblan" - o complementan, quizás- la tarea de docente y de crítica literaria, con mi labor de ficción, con mi "trabajo" narrativo. Estudiando a Leopoldo Lugones -sobre cuya obra publiqué un estudio en 1988, "La flecha hacia el vacío. Introducción a la obra de Leopoldo Lugones"-, me acerqué a su literatura, a su persona, a sus actitudes cívicas, de un modo que podríamos llamar, provisoriamente en el marco de esta conversación, "peligroso". Su obra poética me fascinaba; no así sus piezas oratorias, menos aún la ideología que la sustenta, es decir, sus "desplantes patrióticos". Pero me impresionó mucho -y respeté, por cierto- su última opción: el suicidio en El Tigre, consumiendo veneno acompañado con alcohol en la soledad de una pieza de hotel. Empecé a ver de otra forma sus antagonismos, entiéndase, sus contradicciones más íntimas, sus luchas internas, su conflictos. Lo quise y lo rechacé, y de ese modo, con amor y con odio, lo convertí en personaje de una novela. Luego los hechos mismos me proporcionaron elementos para continuar la saga de los Lugones, el pathos de una familia que no es frecuente encontrar: la historia sobrecogedora de su patético hijo (quien llegó a firmar como prologuista y compilador de antologías de la obra de su padre "Leopoldo Lugones (hijo)"; la heroica y dolorosa opción de un destino que nos conmueve a todos hasta nuestros días, de su nieta Pirí Lugones, que se presentaba entre sus pares como "la nieta del poeta y la hija del torturador."
G.C. ¿Qué tratamiento requiere el "lenguaje" en tanto soporte para que el narrador "eche a andar" sus criaturas y sus mundos posibles?
S.L. El lenguaje se incorpora a nosotros, nos constituye, aún antes de que lo hablemos, de que seamos usuarios "reales" del mismo. Sartre decía que nos sumergimos en la cultura y en el lenguaje desde que nacemos, y utilizaba la metáfora: "como el pez en el agua". Es decir, el entorno nos lo entrega, lo asimilamos y lo hacemos nuestro con los siglos y siglos de tradición que conlleva y, cuando lo elegimos como medio "esencial" de expresión -por ejemplo, la opción por la literatura, o mejor, la opción por la escritura y la lectura literarias como destino y profesión-, vamos formando lo que algunos todavía llaman "el idiolecto", nuestro acervo propio, un "habla", en el sentido saussuriano, que nos individualiza, que nos da una "marca" propia.
Me interesa señalar en este punto lo siguiente: Manuel Rivas afirma que tenemos una relación carnal con las palabras: "Busco el olor, el color de las palabras", dice el narrador. Por otra parte, y en relación a lo que mencioné a propósito de Rivas, el crítico gallego Luis Alonso Girgado ha señalado "el relieve" de mi prosa, "el primor del bordado y del repujado verbal". Cuando leí estas apreciaciones, sentí que de verdad yo intentaba dar espesor a las palabras, "repujar" el lenguaje, y que realmente me fascinan ciertos vocablos como si fueran objetos que puedo acariciar, mirar, tener entre mis manos.
Aunque, entendiendo que todo esto es mucho más complejo de lo que a primera vista pueda parecer (me refiero con esto, al proceso de la escrituración narrativa y de la toma de decisiones para lograr ciertas "soluciones" dentro de una estética y una poética que nos interesa transmitir), si ese es el término adecuado, también creo que son los propios personajes los que exigen, desde la interna del mundo ficcional, de pronto, un determinado lenguaje, un uso del código de la lengua particular. Así, en lo que refiere, por ejemplo, al personaje de Leopoldo Lugones -Leonardo Santos, en la ficción de la novela-, que "pedía" expresarse con los artilugios de su prosa o su poesía cargada y rica, o su hijo, el torturador, un obseso que reclamaba un monólogo repetitivo, inquietante. O la Señora Pieldediamante -precisamente, la protagonista del cuento "Días dorados de la Señora Pieldediamante"- quien animalizaba, con imágenes e invenciones metafóricas, el universo humano. O, ya en lo que respecta a mis últimos cuentos, la "dama" del relato "La adopción", que se fugaba del mundo por los caminos de sus fantasías y obsesiones, y a veces se llamaba a la realidad diciéndose a sí misma: "Solange, ya estás volando". En las antípodas de todo esto, el lenguaje sencillo y directo de Trajano, por ejemplo, responde a la pureza, a la inocencia de sus personajes. El crítico y narrador argentino Enrique Anderson Imbert dijo, alguna vez, que yo ensayaba "diferentes formas para expresar el fluir mental de los personajes". Ese ha sido uno de mis propósitos: los personajes, muy a menudo, mandan.
G.C. ¿Cree que en la novela Saltos Mortales hay una inflexión, un cambio y (re)pliegue diferente con respecto a su obra anterior?
S.L. Escribir Saltos Mortales fue un gran desafío que asumí con la convicción de que no debería hacer ninguna clase de concesiones. Me costó un gran esfuerzo coordinar "estilos" adecuados a los distintas instancias en donde "hablan" cada uno de los tres personajes que a su vez, se corresponden con cada una de las tres secciones en que estructuré este trabajo. Es decir, desde el complejo y, por momentos, deliberadamente anacrónico estilo del personaje de Leopoldo Lugones (Leonardo Santos en el universo de la novela), que incorporaba términos, muy "literarios" del autor y exigía, sí, "inflexiones"que no había usado antes; pasando, al mismo tiempo, por el estilo seco, implacable, surgido de la mente atormentada del hijo, hasta llegar al "repliegue" final, íntimo y muy doliente, de Paloma (nieta e hija, respectivamente) en su agonía. Todo esto tuvo sus costos, entiendo que es el riesgo que se corre en este oficio de la creación: por ejemplo, algún comentarista lamentó el estilo "rebuscado" de esta, mi última novela publicada, y manifestó su preferencia por el de Trajano, (4) calificándolo de "entretenido", "sin complicaciones."
G.C. En esta nueva muestra de su producción narrativa que ofrece su libro de 2007, en el que suma textos inéditos y cuyas temáticas y enfoques son de extrema actualidad, ¿qué puntos "fuertes" considera que existen para establecer esa relación silenciosa y activa con el lector posible, un lector siglo XXI, rodeado de incertidumbres, y, parafraseando a Benedetti, "perplejidades de principio de siglo"?
S.L. Siempre escribí teniendo en cuenta al lector, que no sólo es partícipe de la obra literaria, sino, además, co-autor. También él ficcionaliza, está siempre presente en la comunicación "silenciosa" -pero activa- con el lector, y creo que puede establecerse un diálogo, con afinidades y rechazos por parte del receptor. Aun el lector muy joven -los estudiantes de los primeros años liceales que me piden, en cartas conmovedoras, que vaya a conversar con ellos sobre "el perro Trajano"- hasta los muy mayores que vivieron, como yo, las vicisitudes de "criaturas" como Laura Pieldediamante o la protagonista de "El corazón de la noche", y saben que, por los años cuarenta, y hasta los cincuenta, cierta clase social, "solicitaba" la virginidad de la mujer para el matrimonio. Y también, apelo a esos lectores concientes que reconocen que había máscaras de hipocresía -como ha señalado, además, la crítica especializada- que la literatura podía, por lo menos, denunciar.
Pensando en la dimensión temporal e histórica, en una trayectoria de más de cuarenta años de relatos, todo ha cambiado: el mundo, los vínculos personales, las costumbres, los procesos éticos y políticos, los abordajes a los temas y las vivencias íntimas, las prácticas sexuales y la comunicación. Por ello aclaro, sin querer ser insistente ni, mucho menos, dirigir la lectura de mi narrativa, que hay que ubicarse en los diferentes contextos de estos cuentos para llegar a ellos comprehensivamente, y por qué no, para disfrutarlos en tanto promuevan una nueva o renovada experiencia estética.
Notas:
(1) Arturo Sergio Visca, Antología del
cuento uruguayo. VI Los nuevos, Montevideo, EBO, 1968, p. 73. Visca incluye
el cuento "Los peces rojos". Ángel Rama, dos años antes, integró el cuento "Días
dorados de la señora Pieldediamante" en Aquí. La mitad del amor contada por
seis mujeres, Montevideo, Arca, 1966, p. 10. Allí, el crítico afirmaba que
Lago "ha pasado de una dulce, subrepticiamente convencional recorrida de la
afectividad, a una de las denuncias más agrias que se hayan conocido en nuestras
letras." Poco después, Danubio Torres Fierro incorpora el relato "Tema de amor"
en Cuentos de la revolución, Montevideo, Editorial Girón, 1971.
(2) Ángel Rama reconoce en las novelas Trajano y Tan solos en el
balneario, dos obras representativas del periodo inicial de esta promoción
en La generación crítica (1939-1969), Montevideo, Arca, 1972, p. 193
(3) Esta conceptualización fue propuesta por el entrevistador hace ya un lustro:
"Parecería, hoy por hoy, que enunciar influencias envía a una forma blanda de
hacer estudios literarios. Pero admitamos las fluencias que circulan entra las
diversas textualidades literarias (o no) de forma más o menos (in)consciente, a
modo de napas semi-ocultas con las que se negocian significados y poses
estéticas": Gerardo Ciancio, "Felisberto y los otros. La narrativa de Hernández
ante la crítica reciente y en relación con sus contemporáneos y seguidores",
Hermes Criollo. Revista de crítica y de teoría literaria y cultural,
Montevideo, Año 2, Nº 4, noviembre 2002 - marzo 2003, p. 47.
(4) Mario Benedetti, con el título "Narra Sylvia Lago, con eficacia y
sensibilidad, una historia sencilla en su primer libro", y con el subtítulo "El
ornamento metafórico", publicó en el periódico La Mañana (Año XLVI, Nº
16.222, Montevideo, 28 de noviembre de 1962, p. 3) una reseña de Trajano,
y advierte: "Si se piensa en las ricas posibilidades literarias de Sylvia Lago,
debe señalarse que es urgente que esta autora advierta que su fluidez narrativa,
su sensibilidad para el diálogo, su capacidad de comunicación, no sólo no
precisan del ornamento metafórico, sino que además funcionan mucho mejor sin
él". He "recuperado" este artículo de archivos de prensa en el libro La
cultura en el periodismo y el periodismo en la cultura. De Mario Benedetti a
Maldoror, Jorge Olivera - Gerardo Ciancio, Montevideo, UdelaR, 2007. Casi
cuarenta años después, Benedetti sintetiza el núcleo significativo del mundo
ficcional de Lago, en la "Presentación" de Saltos Mortales: "alternando
las dificultades de la novela con la rígida construcción del cuento breve,
Sylvia Lago ha retratado la sociedad en que se desenvuelve, pero no con las
acostumbradas pinceladas costumbristas sino, como ha señalado Anderson Imbert,
descubriendo 'con su lenguaje personalísimo, las reconditeces más profundas de
lo erótico y su enmascarado social."
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