Serie: Alteridades (XVII)

Uruguay: nativos y alienígenos

Dialéctica histórica de la alteridad

Daniel Vidart

 

Este país que hoy se denomina Uruguay, generador del sentimiento nacional que nos vincula a una patria, a una tradición y a una serie de incumplidos o logrados proyectos históricos fue, hace cinco siglos, el escenario físico de una peripecia humana signada por el encuentro-desencuentro entre los naturales de América y los navegantes llegados desde la península Ibérica.

Y digo encuentro-desencuentro porque es tiempo de someter a un careo con la alteridad recíproca los términos descubrimiento, conquista y colonización, tal como se usan en los textos de historia y en la conversación corriente. Estos significantes están flechados por el protagonismo del autodenominado Occidente, una porción continental de Europa bañada por el Atlántico y sus mares adyacentes (Mediterráneo, Cantábrico, de la Mancha, Báltico) que fue ubicada de tal modo en relación con el Oriente asiático. La óptica china, y por ende Oriental según nuestro centrípeto manejo cartográfico de un mundo esférico, es distinta: en los mapamundi diseminados en los institutos de enseñanza de ese país Asia ocupa el centro y el Oriente viene a ser el doble continente americano. Y si dicho sitio es concedido a las Américas, como sucede con los mapas mundiales originados en los EE.UU., el Oriente entonces vendrían a ser Europa y Africa.

El origen europocéntrico del término Occidente -y su colocación central en una superficie plana que desvirtúa la neutralidad cardinal de un planeta esférico- corrobora lo que se ha venido afirmando desde hace cinco centurias en un discurso falaz. Dicho discurso, que en definitiva es un mero recurso retórico para edulcorar la irresistibilidad de la fuerza bruta, tal como lo expresa el sofista Cálicles al defender el imperio de los fuertes sobre los débiles, sostiene que unas naciones autoproclamadas rectoras y unos hombres convencidos de su calidad superior detentan, a partir del siglo XV de nuestra era, el derecho de apoderarse de una porción del globo terráqueo, hasta entonces por ellos desconocida, merced a la invasión y ocupación de los espacios vitales y el sojuzgamiento de los aborígenes que los poblaban desde una antigüedad remota.

Las naciones centrales y el tema del Otro

El tema del Otro, esa temible y a la vez despreciable criatura configurada por el extranjero, el enemigo, el infiel, el bárbaro o el salvaje, instalados en escenarios desmesurados o malignos -la selva, el desierto, la estepa infinita-, ha sido objeto de intensos estudios por parte de la antropología, la psicología social y la sociología contemporáneas en su intento de demitificar las ideologías, los dogmas, los prejuicios y las mentiras convencionales que promovieron -y justificaron- las guerras de conquista de todos los tiempos en general y la ocupación de América por los pueblos europeos en particular.(1)

Pero no achaquemos todas las culpas a la orgullosa Europa y pongamos atención al movimiento alterno propuesto por las constantes del espíritu humano. En efecto, obsedidos por el papel protagónico de las naciones "centrales", quienes reprueban el élan imperialista de aquellas no ha subrayado con la suficiente energía que entre los pueblos mal llamados primitivos o salvajes, víctimas de la invasión y la conquista por parte de los "pueblos civilizados", también prosperan las ideas etnocéntricas. La voz bantú, que distingue un vasto conjunto de pueblos de Africa negra, significa "nosotros los hombres", y de idéntico modo se proclamaron los innuit (esquimales de Alaska y Canadá), los cheyenne de los EE.UU., los muisca de Colombia, los chónik de la Patagonia. Cada uno de los nombres arriba apuntados -y aclaro que he escogido algunos entre centenares- significa que quienes así se autodenominan se consideran, excluyentemente, hombres verdaderos. Esto quiere decir que los "Otros", los que merodean más allá de sus cotos de caza, los extranjeros, los ajenos a su lenguaje, a su tipo humano, a sus tradiciones tribales y cuerpos de costumbres, son bárbaros, torpes, idiotas, malhechores o asesinos. Los guaraníes denominaron tapuya a quienes no hablaban su lengua. Este término amplía luego su radio semántico: tapuya también es el bruto, el tonto, el enemigo.

Los indígenas que masacraron a Solís y a quienes con él pisaron las tierras rioplatenses allá por el año de 1516, quizá escarmentados por anteriores encuentros -desencuentros con los "monstruos" defendidos por morriones y petos de brillante metal que venían desde el mar, sin duda que atribuyeron a los raros visitantes los defectos y lacras propias del extraño, del alienígeno, de ese genio maléfico con forma humana enviado por las potestades del desorden y la desmesura. Y reaccionaron del único modo posible: atacándolos y dándoles muerte. Aunque la razón del ataque y ajusticiamiento posiblemente fuera otra. En efecto, puede comprobarse, hojeando las viejas crónicas, que el ademán primero de los amerindios fue el de la confianza amical y la hospitalidad generosa. No había trampa en el ofrecimiento de víveres a los recién llegados: así lo hicieron los querandíes con Mendoza en el año 1536 y los charrúas con Ortiz de Zárate hacia el año de 1573. La desmesura, codicia y ceguera del hombre blanco echaron a perder aquella inicial actitud receptiva. Historiadores sagaces y bien informados de otrora (entre los que figuran el español Herrera y el jesuita francés Charlevoix) dijeron que Solís procuró echar mano a algunos indígenas. Su propósito, sin duda, era convertirlos en "lenguas" (intérpretes) primero y en esclavos después, luego del retorno a España.

Praxohistoria y grafohistoria

Si se quiere adoptar un punto de vista objetivo y aséptico para contar la peripecia multimilenaria de los hombres es preciso depurar tanto la praxohistoria (la historia vivida, denominada también historia-acontecimiento) cuanto la grafohistoria (la historia escrita, que resume e interpreta lo fenoménico convirtiéndolo en fáctico) de los protagonismos reclamados por los pueblos que se sienten elegidos por Dios para imponer (su) orden en el mundo. Una historia "veraz" y "objetiva", de ser posible, debería denunciar la soberbia de quienes aseguran seguir los dictados de un destino manifiesto y, consecuentemente, condenar las sangrientas desmesuras de un Nosotros mesiánico que, en nombre de la excelencia de los "buenos", emprende una interminable cruzada contra los "malos". Un poeta popular español relativizó el punto de vista universalmente adoptado por los pueblos conquistadores, que a su vez otrora fueran conquistados, en los versos de una zumbona cuarteta, a cuenta de los perdidosos abuelos: "Vinieron los sarracenos / y nos molieron a palos, / que Dios protege a los malos / cuando son más que los buenos."

Aborígenes, nativos y alienígenos

Expresados los anteriores conceptos, de acuerdo con la exigencia de una previa clarificación epistemológica, que a un tiempo es antropológica, de un tema harto desnaturalizado por una prestidigitación mental que ya lleva tantos milenios como los del lenguaje humano, demos comienzo a lo propuesto por el título y subtítulo de este ensayo.

Los indígenas(2) y los hispánicos de la primera hora, los nativos y los alienígenos(3), los criollos y los chapetones(4), los nacionales y los extranjeros, los de aquí y los de allá, en suma, han trenzado y destrenzado, a lo largo de la historia americana y nacional, un ir y venir de consensos y disensos, de concordias y discordias, de argumentaciones ideológicas y prejuicios irracionales cuyo trasfondo psíquico y social exige ser periódicamente clarificado.

Los cambios de actitudes operados entre los criollos(5), esto es, los nacidos y criados en el país, hijos de padres extranjeros, y aún entre los extranjeros, avecindados durante algún tiempo en el hábitat de los nativos -un término similar al de criollos pero distinto al de aborígenes(6)- marcan dialécticamente el trato dado al Otro a lo largo del tiempo histórico y a lo ancho del espacio geográfico. El criollo, hijo de gente foránea, es mirado de reojo por el indio, pero contempla a su vez al gringo recién llegado como un intruso. Basta leer el Martín Fiero para advertir las opiniones desfavorables hacia los "naciones" aunque no a sus descendientes, que ya son hijos del "páis". Estos, a su turno, en tanto que criollos amañados al medio natural y humano, rechazarán a los inmigrantes. Y ambos le caerán al indio con toda la fuerza de su desprecio social y su tecnología homicida.

Dicho juego de acepciones y rechazos pauta los distintos contactos entre pueblos y culturas que en el mundo han sido. El Uruguay, por cierto, no ha quedado ajeno a este vaivén fundamentalista de afectos y desafectos.

Los estereotipos en pugna recíproca, colocados nuevamente en la platina del microscopio cultural con motivo del Quinto Centenario del "descubrimiento" y "conquista" de América fueron objeto de removedores análisis, y no solo por parte de los estudiosos del Nuevo Mundo. En la demitificación de una interesada "historia oficial" intervinieron también pensadores contestatarios del Viejo Mundo, hartos ya de una terminología umbilicalista y de una constante manipulación de la verosimilitud de los hechos -el genocidio y etnocidio brutales antes que la evangelización- y el sesgo de las intenciones -el hambre de oro antes que el afán de gloria-.

Aclaro, al pasar, que el significante Viejo Mundo ha cobrado vigencia a partir del Centro, del Omphalos, o sea el ombligo europeo de la historia, porque el Nuevo Mundo resulta ser un término que, para tener andamiento y, de paso, adquirir garantía de realidad, ubicuidad e identidad, supone la existencia previa de aquel, o sea un hogar terrestre cuyas gentes se autoproclaman dotadas con la suficiente mayoría de edad mental e instrumental como para convertirse en dominadoras y denominadoras de los arrabales de la humanidad. Los europeos, convencidos de su rancia solera, han sostenido, aun hasta en nuestros días, que su continente es la sede de la civilización(7). Y procuran demostrar también que ellos son los exclusivos padres fundadores de dicha civilización, es decir, de un prestigioso sistema de mentefactos que, al tiempo de haber generado un dinámico subsistema de artefactos, se constituyó en el gestor y el depositario, a la vez, del verdadero saber, del legítimo poder y del indiscutible valer, según suponen sus tautológicos panegiristas.

Los madrugadores representantes de Europa que arribaron a nuestras costas nos han legado diarios de navegación, cartas, crónicas, declaraciones, memoriales y otros documentos escritos que, si bien poseen utilidad cronológica y geográfica, permiten comprobar, a poco que se les analice desde el punto de vista científico, la carga de imprecisiones, fantasías y falsas ideas que se interpusieron entre la realidad de las cosas y las mentes de aquellos primigenios testigos. Dichos preconceptos, errores o meras suposiciones, deformaron, tergiversaron y al cabo descalificaron lo visto y lo oído en la Banda Oriental del río Uruguay, llamada también la costa Norte del Río de la Plata.

Se impone por consiguiente, una tarea depuradora de esos iniciales y toscos testimonios. Y se hace necesario también que revisemos previamente algunos vocablos de uso corriente, incrustados, a fuerza de ser repetidos sin análisis previo, en el imaginario histórico americano y uruguayo.

En efecto, para entender a cabalidad el intríngulis lingüístico que nos sale al paso al tratar estos temas conviene efectuar preliminarmente un pequeño ejercicio etimológico. De tal modo resultará interesante averiguar lo que en esencia significan las voces descubrimiento, invención, hallazgo, conquista, colonización, exploración, expedición e inmigración. Aclarados los sentidos -y sinsentidos- de esas palabras, usadas a veces como munición y otras como escudo, analizaré luego el alcance objetivo y el meollo subjetivo de los términos visitante, viajero y turista, que, por cierto, no son la misma cosa.

Descubrimiento

Descubrir supone sacar el velo que envuelve lo cubierto. Esto es, destapar lo tapado, hacer luz sobre lo escondido, en cuanto que "cosa en sí", existente al margen de su conocimiento por los hombres. Esta operación supone, por un lado, un ente objetual y, por el otro, una conciencia cognoscente que desempeña el papel de sujeto. En términos heideggerianos, el descubrimiento arroja a la mundanidad lo "que no tiene la forma de ser ahí". El acto de descubrir "pone a la mano" lo que, existiendo previamente, no se había transformado aún en algo conocido. De tal modo el des-cubrimiento, convierte lo in-útil por estar, fuera de la mundanidad, en útil, lo des-conocido en conocido y pronto para ser utilizado, ya como objeto del saber, ya como vehículo o meta del hacer.

Un historiador de la "conquista de la Tierra", refiriéndose a esta particularidad de la voz escribe así: "Desde algunos centros privilegiados (…) la humanidad crece y se ensancha. Impulsado por múltiples deseos, desde la simple curiosidad al complejo mundo de intereses, el hombre abre nuevas rutas, rasga el horizonte que oculta desconocidos parajes y contempla por vez primera, con inquieta y sorprendida pupila, nuevas y extrañas tierras, quizá un mundo de nuevos hombres. Que esto es descubrir en lo geográfico; levantar el velo que nos separa de otras tierras y otros seres humanos, con el mismo gesto -aunque no siempre con la misma delicadeza- con que el griego aludía a la verdad, aletheia, esto es, lo que está sin cubierta o cendal alguno."(8)

Tiene razón el autor al referirse a los "centros privilegiados". Quienes residen en ellos son los que descubren en tanto que sujetos activos. Así por lo menos lo creen, y muy firmemente. Lo descubierto, el objeto pasivo sin consecuencias para la Naturaleza o el Espíritu, al cabo pura geografía como expresaba Hegel al referirse al Nuevo Mundo americano, está constituido por los oscuros integrantes de humanidades "al margen" de la historia, o mejor, como en verdad lo fueron, por las víctimas de una historia sangrienta puesta en marcha y escrita por sus verdugos.

El portugués Magallanes y su notable sucesor el vasco Elkano, quien, para escapar a la persecución de los portugueses en el Océano Indico se aproximó a la Antártida, descubren, mediante la experiencia de una ardua circunnavegación, que efectivamente la tierra era esférica, convicción ya afirmada, siquiera en teoría, por algunos sabios y científicos griegos de la escuela pitagórica. Pero Colón no "descubre" América ni Solís el Río de la Plata. Esos espacios de la geosfera continental ya eran conocidos por los indígenas. Sus antepasados, los que habían atravesado el istmo de la Beringia tras las presas de caza, veinte o treinta mil años atrás, tampoco tenían conciencia que entraban a otro mundo distinto del asiático. Solo existe descubrimiento de un Nuevo Mundo para el europeo, para el navegante que viene de lo que considera el centro absoluto de todas las cosas, a saber: el humanizado paisaje materno, la cultura letrada, la religión cristiana, la ética y la moral de la ganancia fundadas por el naciente capitalismo comercial, la concepción del yo, el tú y el ello que impera en el ámbito terráqueo donde reside el Homo spiritualis, exclusivo y excluyente "dueño" de la razón, la sensibilidad, y la verdad.

Pero si el centro de gravedad se traslada a América, son los indígenas quienes entonces descubren a los barbados personajes que tripulaban las carabelas y manejaban instrumentos que escupían proyectiles mortales y resonaban como truenos. Hay un encuentro entre dos humanidades y dos culturas, entre dos distintas e irreconciliables concepciones del más acá y el más allá. Este encuentro físico-óptico, olfativo, táctil- de cuerpos se transforma de inmediato en un desencuentro de almas, de escalas de valores, de modos de re-sidir en la tierra y co-existir en la sociedad. Por eso es que desde hace tiempo yo vengo hablando de un encuentro-desencuentro en el caso del ingreso de América al orbe conocido por los europeos, por un lado, y de los portadores del ser y quehacer europeos al universo cognitivo de los americanos propiamente dichos, o sea los indígenas, y no indios, por el otro.

Invento, invención

También se habla de invención, en cuanto que esta voz significa, según el Diccionario de la Academia Española, "hallar o descubrir una cosa nueva o no conocida". Recientemente nuestro compatriota Gustavo Verdesio ha escrito "La invención del Uruguay"(9), libro cuyo título recuerda otro semejante, "La invención de América"(10), del mexicano Edmundo O’Gorman.

No obstante, el término invención no es privativo de O’Gorman: ha sido utilizado desde el mismo origen de la empresa colombina. En efecto, en una nota de los Reyes Católicos refiriéndose al asunto y dirigida a Colón en agosto de 1494, se expresa: "Una de las principales cosas porque esto nos ha placido tanto es por ser inventada, principiada y habida por vuestra mano, trabajo e industria."(11)

Y a todo esto ¿qué es la invención? "La invención es un proceso mental a cargo de uno o más sujetos pensantes, y cavilantes, cuyo razonamiento va de lo conocido a lo desconocido. Responde a un desarrollo deductivo o a una inferencia; denota la culminación de un trabajo del intelecto y de las actividades, físicas o psíquicas, por aquel encomendadas. No olvidemos que así como se inventan cosas o procedimientos también se inventan ecuaciones, esos espejos simbólicos de las realidades."

"Invención deriva del latín invenium, inventum, es decir, encontrar algo que previamente se buscaba, develar preguntando, ya a sí mismo, ya a un interlocutor providente. El inventor sabe hacia donde rumbea la marcha de su pensamiento y, a lo largo del sendero que conduce a la posada, su espíritu la pre-viene, la pre-forma, la pre-siente. Tiene en su conciencia un modelo, un esquema del objetivo. Se guía por los enlaces causales y por ello desconfía de la pura casualidad. La casualidad es la madre del descubrimiento, no de la invención. El inventor persevera, a veces racional, a veces intuitivamente, en el rastreo de unos indicios que lo conducirán a la guarida del ente, provisoriamente ideal, cuyo advenimiento se procura. Seguir los vestigios, los pasos de las cosas es, simple y llanamente, investigar. El inventor, en tanto que investigador, actúa como un detective: si camina sobre la pista verdadera a la postre transformará las presunciones y expectativas en hechos" (…) "Sea como fuere tanto las lecturas como las tradiciones portuarias y la ciencia infusa de la época, cuya geografía no se había desprendido aún de la mitología, empollaron en la mente de Colón la ‘invención’ de una ruta oceánica hacia Asia. Así armado su espíritu y formada su convicción, debe descartarse la hipótesis del hallazgo de un Continente Otro. col´On, sin sospechar la existencia de un espeso obstáculo geográfico intermedio, navegó hacia las Indias y creyó encontrarlas. Colón no inventó, pues, la irrupción novedosa del Nuevo Mundo. Esta ‘invención’ estuvo a cargo de Américo Vespucio" (…) "Descubrir supone descorrer el velo que oculta lo coopertum, o sea lo cubierto. Se trata del encuentro con una entidad hasta entonces desconocida que se revela súbita e inesperadamente, si es que el azar no es al cabo la cruz de los caminos de una doble cadena de causas. El inventor, en cambio, va de lo oscuro a lo claro, tras la pista de algo que barrunta y pre-ve de antemano. El descubridor se topa con algo que surge como un accidente e instala en su espíritu un toque de zafarrancho. Además de la revelación de una presencia inesperada y por ello desconcertante, para que el descubrimiento sea tal el descubridor debe cobrar conciencia de que ese invitado de piedra, lo descubierto, es un suceso o una cosa no aguardados, un ser y un consistir enteramente nuevos y a la vez novedosos." (…) "Colón (…) halló un archipiélago de islas, grandes y pequeñas, y un dilatado litoral de Tierra Firme, en tanto que hallar viene del latín afflare, soplar contra o encima de una cosa, y, en sentido figurado, inspirar, echar un soplo divino en el espíritu."(12)

Hallazgo

La anterior transcripción nos ha puesto en la pista de la voz hallar. Se halla cuando se busca, aunque no necesariamente, lo esperado. Según ciertos lingüistas el afflare latino significa olfatear. El perro olfatea rastreando una presa; el buscador conciente de lo que persigue también "olfatea", en sentido figurado, y sopla sobre el polvo que esconde lo buscado. De tal modo tantea la realidad, camina en círculos concéntricos en derredor del objeto en-cubierto, para coronar, con el hallazgo, el encuentro de algo esperado que, de pronto, es sustituido por lo inesperado. Pero siempre se trata de algo oculto, procurado de antemano. En este sentido se confunde con la invención. Corroborando dicha sinonimia nuestro Código Civil expresa: "la invención o hallazgo es una especie de ocupación por la cual el que encuentra una cosa inanimada que no pertenece a nadie, adquiere su dominio, apoderándose de ella." (Libro III, Título 1, Capítulo II. art. 717).

Los que hallaron al Río de la Plata fueron Solís y Magallanes, que iban tras el paso interoceánico; fue Gaboto, que corría como loco tras la Sierra de Plata; fueron los hermanos de Sousa, que venían a fundar una capitanía cisplatina por encargo del rey de Portugal.

Conquista

Debemos ahora hacerle frente a la odiosa palabra conquista. Conquirere equivale, en latín, a buscar empeñosamente, por todas partes. Forma parte de una familia de palabras derivadas de quaerere, buscar. Exquisitus significa buscado con tino selectivo, elegido entre muchos. Requerire, emprender la búsqueda de alguien. Inquirire, y de ahí inquisición, buscar con celo. Perquirere, perquirir, buscar en torno con cuidadoso afán. Es en la Europa cristiana del siglo XIV que la voz adquiere su actual significado. La "conquista" resultó ser, en definitivas cuentas, la búsqueda de espacios vitales mediante la ocupación de la tierra y la apropiación de los bienes del Otro. La conquista se consuma con la derrota y el sometimiento de las humanidades incapaces de resistir con buen éxito los embates del conquistador. Se busca oro y piedras preciosas, se busca alimentos baratos y abundantes, se busca brazos esclavos, se busca prestigio, se busca poder y gloria. Esto en lo que quiere decir conquista en español, conquête en francés, conquest en inglés. Esto fue lo que cayó, como un rayo, desde las naves europeas que de cisnes transatlánticos, como poetizaba Hegel, se transformaron en carniceras aves de presa, en malolientes bodegas colmadas de avezados guerreros y temibles caballos.

Una milenaria argumentación militar-imperialista afirma que la conquista de los débiles por los fuertes es una ley que rige inflexiblemente a las sociedades humanas. De tal jaez una irresistible física social obligaría a la ocupación de las tierras mal llamadas vírgenes, que al cabo ya habían sido descubiertas y habitadas por quienes, según el criterio del conquistador, ni saben aprovecharlas ni las merecen. La ley de Boyle-Mariotte de la historia, sustentada por la lógica de las armas, obliga entonces a la rapiña violenta de los vacíos geográficos sin nombre con el consiguiente sojuzgamiento de los pueblos que hablan lenguas ininteligibles y adoran desconocidas, y por por ende, diabólicas divinidades.

Toda conquista considerada en sí misma, al margen de las "razones" que la certifican, supone un genocidio, un etnocidio, un ecocidio y un teocidio a un tiempo. Pero a nuestros escolares les cuentan que las conquistas "buenas" -evocando, in petto, las llevadas a cabo por la Madre Patria- significan avances de la civilización. De lado quedan, claro está, las emprendidas en mala hora sobre Europa por los soldados del Profeta o los huestes de jinetes mongoles, quienes infligieron vergonzosas derrotas a los caballeros cristianos. La justificación surge prontamente: aquellas no fueron conquistas del enemigo sino catástrofes de la Buena Causa. Del mismo modo, como ironizaba Bernard Shaw, cuando el caballero inglés mata al tigre es un valeroso deportista y cuando el tigre se come al caballero inglés es una bestia asesina.

Colonización

Tras la conquista viene la colonización. Colere, en latín, significa cultivar. El colonato es aquella figura jurídica contractual referida al colonus, el agricultor que mediante un pago en especie arrienda las tierras de otra persona. Pero la colonización supone algo distinto, si bien relacionado con el trabajo del agro. Se trata de un concertado grupo de habitantes de un país que se traslada a otro sitio del mismo, o al extranjero, para explotar los recursos naturales, para sembrar y criar ganado, para realizar, como dicen los franceses, la mise en valeur de las comarcas ocupadas. La ciudad de Colonia, en Alemania, fue originariamente un establecimiento de colonos y colonizadores romanos, quienes se asentaron, para consolidar la conquista, en el limes que separaba la virtus de la barbaries.

En el caso de la colonización de América se trata del masivo traslado de europeos con el fin de poblar -y a veces repoblar- aquellos espacios aptos para la explotación minera o la producción de alimentos. Un promotor de la futura colonización de la Banda Oriental fue Hernandarias, quien envió ganados de sus estancias de Santa Fe (1611, 1617) para aprovechar las excelentes pasturas de los que serían luego los campos de nuestra patria uruguaya. Tras los ganados irían los hombres, tal como sucedió en el siglo XVII. Colonizadores también fueron los españoles que recibieron, a partir de la fundación de Montevideo (1724-1726), chacras y suertes de estancia para emprender labores agrarias y pecuarias en las tierras ya habitadas y utilizadas por los indígenas. El colonizador no se establece en un desierto, en un vacío humano. Téngase esto bien en cuenta. Sus parcelas de labor arrebatan a los naturales los cotos de caza y las rutas migratorias. Los choques armados son entonces inevitables, como sucedió en la dilatada guerra contra los charrúas.(13)

De la voz colonia, pensemos en la Colonia de Sacramento fundada por los portugueses en 1680, proviene colonialismo, cuyo signo expansivo configura el anverso económico del imperialismo político.

Exploración

Exploración: he aquí una voz de curioso origen. Deriva del latín explorare, que significa sin llanto, fuera del llanto, dado que plorare equivale a llorar. Estar fuera del llanto es apartarse de la congoja que recluye en un rincón de la casa, es vivir inquisitivamente la vida, observar con interés el contorno, examinar las cosas del mundo exterior para comprobar cómo son verdaderamente. Dichas operaciones suponen, además de sondear en las costumbres, pensamientos y modos de ser y obrar de los lugareños, la posibilidad de adquirir conocimientos empíricos mediante la práctica ambulatoria. Esto es, practicando a conciencia los ejercicios de correr y recorrer un espacio significativo, de ir campo afuera, de entrar en los vericuetos naturales y en la idiosincrasia de los pobladores de una comarca. Pero no con el alma ligera sino con el ojo avizor. Tratando de comprender razonadamente lo que se ve. Tomándole el sabor a los paisajes y a las costumbres de los paisanos, y, a partir de este sapere de orden material, derivar hacia la sabiduría del espíritu. Dicha sabiduría proviene del comercio con las cosas y los seres animados que están más allá de nuestras miradas cotidianas, que se esconden detrás del horizonte, que le confieren sentido a peripecias humanas distintas a las de la propia experiencia. Alvar Núñez Cabeza de Vaca fue, en este sentido, un prototipo de explorador, ya en sus travesías, penosísimas, por las llanuras de América del Norte, ya en sus caminatas por las selvas sudamericanas. Orellana exploró el Amazonas; Hernandarias exploró la verde y ondulada Banda Oriental; D’Orbigny exploró los alrededores de la Laguna del Sauce, escopeta en mano y morral colmado de aves ametralladas. El explorador camina a lo largo y ancho de las regiones desconocidas o poco frecuentadas de las tierras trasmarinas, previamente arrebatadas a sus dueños naturales, o por las comarcas de su propio país. Un ejemplo del primer caso es el de Saint Hilaire explorando la zona meridional de la Cisplatina en el siglo XIX; otros están a cargo de los inspirados y curiosos compatriotas que trepan las sierras clasificando sus geosistemas y ecosistemas, o navegan los ríos interiores en canoa para esclarecer, mano a mano con la naturaleza, los caracteres de sus cursos, sus cauces, sus caudales y sus cuencas, o se internan, con ánimo de estudio, en los pantanos del Este, antiguo hábitat de los constructores de los tan mentados "cerritos".

Expedición, excursión

La voz expedición está vinculada con excursión. Viene del latín expedire, ir fuera a pie, caminar. Se puede expedir una encomienda, pero la expedición, considerada desde el punto de vista humano, supone la marcha de una persona o de un grupo con un fin específico: la búsqueda de cosas o seres determinados, el cumplimiento de un objetivo recreativo, deportivo, militar o científico, etc. Larrañaga y su comitiva salen en expedición hacia la Meseta del Hervidero donde Artigas, en el denominado "apogeo", ha instalado el cuartel general de Purificación. En su Diario de Viaje el padre Larrañaga dio detallada cuenta de las vicisitudes del camino. Este notable testimonio narra las aventuras y desventuras de una travesía que, por cierto, no fue la de una simple excursión. La expedición supone azar, peligro, incertidumbre. Larrañaga y su comitiva, en efecto, marcharon a lo largo de una ruta infectada de perros cimarrones rabiosos, sobresaltada por el merodeo del maleante rural, trazada sobre el plexo de los latifundios, acongojada por los males de la pobreza, la incomodidad (las pulgas nocturnas, por ejemplo) y la guerra.

La excursión se confunde con el paseo. Es un salir del domicilio para recorrer lugares amenos, para conocer las bellezas de la Isleta de los Ombúes en el Cerro Arequita, para descender a la fragosa hondonada de la Quebrada de los Cuervos, para navegar por las aguas casi domésticas del Río Santa Lucía. En la excursión, en tanto que ex-cursus, no hay peligros. Se busca la novedad ambiental, se cambia de locus, de localidad, de sitio, para que el desplazamiento despacioso, contemplativo, convoque el regocijo del alma. Este movimiento hacia otros horizontes purga de la grisalla ciudadana. Se trata, en suma, de un ir al encuentro con el entorno, una entidad potencial que se transforma en ambiente a medida que se le conoce, experimenta y vive.

Emigración, inmigración

La inmigración difiere de la colonización. Esta constituye un fenómeno temprano, inmediato a la conquista. La inmigración, en cambio, tiene lugar, en el caso de los países americanos, cuando éstos estaban políticamente independizados de las metrópolis hispánicas. Responde al perentorio "gobernar es poblar" de Alberdi. Emigran desde Europa miles de trabajadores vacantes, solos o con sus familias, a veces espontáneamente o, en la mayoría de los casos, de forma regimentada, dado que este tipo de traslado en masa constituyó, en muchos casos, un fenómeno dirigido, sujeto a contrato. Las jóvenes y esmirriadas repúblicas rioplatenses, cuyos campos, pobres en hombres y ricos en vacunos, constituyen verdaderos desiertos -según la óptica foránea- necesitan brazos para las labores agrícolas, tan descuidadas por la rústica pecuaria de los ganaderos criollos. Los países recién constituidos, y aún tambaleantes desde el punto de vista institucional, están hambrientos de oficios, de comercios, de industrias. Los inmigrantes, los que in-gresan a la nueva tierra, ya no como colonizadores de mano larga sino como re-pobladores, como integrantes de la gran masa trabajadora arribada, fundamentalmente, a lo largo del siglo XIX, cambiarán las fisonomías de los países sudamericanos de la fachada atlántica: nuevas gentes, nuevos paisajes laborales, nuevos roles sociales y nuevas concepciones del mundo harán irrupción en los nichos somáticos y culturales del criollismo mestizo. Comenzará el blanqueo de las epidermis y la transformación de las economías, todavía de tipo colonialista, apegadas a una ganadería productora de cuero, grasa y tasajo. Se inaugurará de tal modo el período neo-criollo, tal como lo he denominado en mis contribuciones al estudio de la identidad nacional uruguaya.(14)

A título ilustrativo conviene aclarar que migración deriva del latín migrare, término que se refiere a la idea de cambio de lugar. Migrare proviene de meare, transitar, y esta voz, a su vez, se remite a la raíz indoeuropea mei, que apunta a la noción de cambio. Pero se impone una distinción. Las migraciones masivas de pueblos de la antigüedad, al cabo bélicas y depredadoras -pensemos en los avasallantes desplazamientos de los celtas- difieren de las migraciones pacíficas de los vascos, italianos y gallegos arribados a nuestras costas a partir de 1830. Los e-migrantes europeos, los que salían de los valles montañeses, de las rías agobiadas por la presión demótica y de las aldeas paupérrimas en pos de un destino mejor, se convertían en in-migrantes al asentase en los campos y ciudades de las nuevas naciones de América.

Ya tenemos deslindadas y analizadas con relativa profundidad las voces que designan los diversos aspectos de aquella dinámica horizontal que caracterizó las sucesivas etapas del encuentro-desencuentro entre las poblaciones del Viejo y el Nuevo Mundo. El descubrimiento, la conquista, la exploración, la expedición, la colonización y la dialéctica migratoria nos ha proporcionado, gracias a las observaciones acertadas o no de sus protagonistas, toda suerte de documentos acerca de las impresiones de los recién llegados a estas tierras. Dichos recién llegados fueron al cabo viajeros, genéricamente hablando, y es sobre los viajes y los viajeros que voy a tratar ahora, para finalizar esta pesquisa epistemológica y semántica a la vez.

Viaje y turismo

Viaje y viajero son voces que derivan de via, término latino que significa senda, ruta, camino. El viajero es un ser itinerante que, a veces, como decía Machado, "hace camino al andar". No obstante, el lejano hontanar de la palabra viaje revela su origen indoeuropeo. Los lingüistas suponen que wegh, transportar en carro, dio nacimiento a los vocablos sánscrito vahat, "él transporta en carro" y griego (w) okhos, "carro". De allí también provienen los términos latinos vectum (transportar por medio de un vehículo), vehiculum, via, viator (viajero), viaticum (dinero para el viaje), etc.

Al Río de la Plata, particularmente a la Banda Oriental primero y a la patria uruguaya después, llegaron muchos tipos de viajeros. Algunos pasaron fugazmente y limitaron sus impresiones al puerto de Montevideo, como lo hiciera von Verse en 1867, que ni siquiera bajó del barco; otros recorrieron las costas fluviales del país, como Isabelle en 1834, quien nos legó una interesante descripción del río Uruguay. Hubo agudos inquisidores como Darwin (1832-1834) y observadores harto superficiales como José Luis Castillo Puche (1958). La lectura de sus testimonios permitirá aquilatar la capacidad de ver y entender de los que de veras convirtieron el viaje en un ejercicio pedagógico y crítico. Y también facilitará el ejercicio de contrastar esas claras facultades con la superficialidad de aquellos ocasionales visitantes que poco o nada pudieron conocer y cuyas opiniones fueron inficionadas por el capricho, la fantasía o la vulgaridad.

Los turistas (del francés tour, dar una vuelta en torno, pasear) conforman una categoría aún más falible: la fugacidad de la estada y la velocidad de los desplazamientos del lugar de recreo al lugar del descanso apenas les permite hacer juicios de realidad e impiden todo comedimiento en sus juicios de valor. Son como patinadores que se deslizan sobre la epidermis de los paisajes y la pigmentación de los hombres, atentos a lo pintoresco o lo sensacional. Aturdidos por las monótonas informaciones de los guías, mareados por la calesita de un itinerario que recala de continuo en el restaurante, la piscina o el sitio de diversión, poco o nada pueden captar, en ese ir y venir por una galería de tarjetas postales, de los escenarios y personajes que desfilan, en turbamulta, bajo sus ojos atestados de imágenes.

Descubrir, encubrir

La mirada de Occidente tergiversó la realidad nativa en los inicios de la penetración europea. Hubo "descubrimiento" y "encubrimiento" a la vez. En los siglos posteriores, y así ha sucedido hasta nuestros días, el ojo del viajero acostumbrado a la luz de otros cielos y a la configuración de otras culturas a veces no reparó en detalles fundamentales y en otras vio lo que quiso o pudo "ver", en el entendido que "ver" es comprender rectamente las esencias, más allá de los fenómenos que se ofrecen al examen de los humanos sentidos.

Pero también hay un costado favorable en este ejercicio. Lo que los habitantes de un país no perciben de modo cabal y desprejuiciado, pues están inmersos en su propio caldo cultural, es captado vívidamente en ocasiones por quien viene de lejos, cargando el caparazón de modos de ser y sentir que lo hacen tributario de otra escala de valores y de otra concepción de la sociedad y el mundo. El ojo de un avezado viajero practica un ejercicio etnológico: compara usos y costumbres, analiza culturas, relativiza los idola fori. Y enseña a quitar las telarañas campanilistas que ciegan a los fanáticos del criollismo ("como el Uruguay no hay", etc.), si estos consienten ser receptivos al juicio del visitante.(15)

En efecto, el paisano, el hijo del pagus, es parte del paisaje por él construido: lo siente, lo conoce, pero no lo juzga en cuanto que exterioridad significativa. La familiaridad con las cosas le impide el desasimiento crítico de ellas. Lo ético y lo estético, abiertos a la multiplicidad creativa subyacente en los universales de la cultura, son sustituidos por lo patético local, por lo dramático nacional, por la axiología del Nosotros. El aire genérico del georama circundante se enrarece al ser aspirado por el imperativo específico y empírico del detalle, y, de tal manera, el casuismo de la parte dificulta la comprensión del todo. El "estar allí", cautivo en un escenario cotidiano, impide al hombre de la localidad, al lugareño -y esto rige tanto para el campesino como para el ciudadano- tomar distancia de las masas y los perfiles del mundo material y espiritual que lo rodea y, por ende, descubrir el espacio humanizado de la belleza otra, de la virtud otra, esos deleites sorpresivos del alma que suponen extrañamiento y comparación a la vez.

Referencias

1. El tema del Otro, asunto de la específica y por momentos plúmbea contribución de T. Todorov, La conquista de América. El problema del Otro (1982), Siglo XXI, México, 1987, ha sido tratado por nuestro compatriota Gustavo Verdesio en un libro muy bien documentado y concebido, La invención del Uruguay. La entrada del territorio y sus habitantes a la cultura occidental. Graffiti-Trazas, Montevideo, 1996. Este autor maneja una extensa y actualizada bibliografía sobre la alteridad cultural, a la que me remito.

2. Indígena deriva del latín indu, forma arcaica de in, dentro de, y gignere, engendrar. Significa nacido en el país, nativo.

3. Alienígeno no significa visitante del espacio exterior, como lo propone el léxico de la TV al utilizar el género femenino de la voz. En latín alienus es el extranjero, no el ser de otros mundos. Alienígeno, en suma, resulta ser el engendrado en el exterior del país, el exógeno, el alóctono, el extranjero, y no el extraterrestre.

4. Los españoles recién llegados al Nuevo Mundo, torpes en el manejo de los casos y las cosas del contorno, fueron denominados chapetones y gachupines. Y no por los criollos sino por sus compatriotas residentes desde tiempo atrás en las Indias. ¿Qué significa chapetón? En las alturas andinas la violenta radiación solar hace aparecer en las mejillas unas muy visibles chapetas o manchas de color rojizo. El bisoño que ascendía a los páramos y las mesetas mostraba al poco tiempo unos encarnados cachetes. Por añadidura, el peninsular que trepaba por vez primera a la sabana de Bogotá, a Cuzco, o a Quito, se apunaba, sufría el soroche, el mal de las alturas. Esa grave molestia, que puede llevar hasta la muerte, se conoció entonces como chapetonada. Más tarde el chapetón será el español recién llegado y la chapetoneada, el yerro, la chambonada, la "metida de pata" al juzgar o al hacer.

Gachupín es la otra voz que distingue al peninsular desconocedor de América que se radica en ella. Su grafía inicial era cachupín, de cachopo, tronco hueco, seco. En México cachupín se transformó en gachupín, y significa que el recién desembarcado es un tronco, un zoquete, habida cuenta su desconocimiento de las gentes, costumbres y naturaleza de las nuevas tierras.

5. Criollo es el hijo de padres españoles nacido en América. Pero originariamente la voz tuvo otro destinatario. El crío, el crioulo, el hijo de negros africanos que nace en el Nuevo Mundo es llamado así despectivamente por sus progenitores, como cuenta Garcilaso de la Vega en sus Comentarios Reales de los Incas: "A los hijos de español y española nacidos allá (escribía desde España) dizen criollo o criolla, por decir son nascidos en las Indias; inventáronlo los que van de acá, nascidos en Guinea, de los que nacen allá, porque se tienen por más honrados y de más calidad, por haver nascido en la patria…" (Primera Parte, Libro IX, Capítulo XXXI).

6. Aborigen deriva de las voces latinas ab origine, desde el origen. Son los pobladores antiguos, primerizos, a quienes se les considera originarios de una tierra o autóctonos, como convendría de pronto decir. El charrúa es un aborigen de nuestro suelo, aunque sus antepasados hayan venido desde el embudo austral de Sudamérica. Este término es más correcto que el de indígena para calificar a los mal llamados indios, pero el uso ha impuesto el menos apropiado.

7. "Pero si se trata de comprobar cuál es, en realidad, la función general que cumple el concepto de civilización y cuál es la generalidad que se pretende designar con estas acciones y actitudes humanas al agruparlas bajo el término de civilizadas, llegamos a una conclusión muy simple: este concepto expresa la autoconciencia de Occidente. (…) El concepto resume todo aquello que la sociedad occidental de los últimos dos o tres siglos cree llevar de ventaja a las sociedades anteriores o a las contemporáneas ‘más primitivas’. Con el término de civilización trata la sociedad occidental de caracterizar aquello que expresa su peculiaridad y de lo que se siente orgullosa: el grado alcanzado por su técnica, sus modales, el desarrollo de sus conocimientos científicos, su concepción del mundo y muchas otras cosas."

Norbert Elías. El proceso de la civilización. F.C.E., México, 1987. Apunto, al pasar, que el autor dedica el libro a la memoria de sus padres judíos, el uno Hermann, muerto en Breslau (1940) y la otra Sophi, incinerada en Auschwitz (1941?) es decir, los crematorios hitlerianos de la muy civilizada Europa del siglo XX.

8. Horacio Capel Saenz (Dir. de redacción) La tierra y sus límites. Historia de los descubrimientos. Salvat, Barcelona.

9. Gustavo Verdesio. Op. cit.

10. Edmundo O’Gorman. La invención de América. Fondo de Cultura Económica, México, 1958.

11. Daniel Vidart. Los muertos y sus sombras. Cinco siglos de América. Banda Oriental, Montevideo, 1993.

12. Id. Ibid.

13. Eduardo Acosta y Lara. La guerra de los charrúas en la Banda Oriental. Monteverde y Cía, Montevideo, T.1, 1961; T.2, 1969.

14. Daniel Vidart. La trama de la identidad nacional. Banda Oriental. Montevideo, T.1, Indios gauchos, negros, 1997; T.2, El diálogo ciudad-campo, 1998.

15. Gordon W. Allport. The Nature of Prejudice. Addison-Wesley. Cambridge, Massachusetts, 1954.

 

Alteridades

Artículos publicados en esta serie:

(I) Las otras del "otro sexo" (Rita Gutiérrez-Ros, Nº 118)
(II) Homosexualidad y discurso sobre Sida (Carlos B. Muñoz, Nº 120)
(III) Sexo Seguro: ¿una nueva cultura gay? (Carlos B. Muñoz, Nº123).
(IV) El Río de la Plata. Sociedades de racismo sutil. (Teresa Porzecanski, Nº126)
(V) Invirtiendo el telescopio (Kaija Kaitavuori, Nº 131)
(VI) El caso de Paraguay, Tiempo y cultura (R. L. Céspedes- J. N. Caballero Nº 143)
(VII) Africa en la cultura de América (Gerardo Mosquera, Nº 144)
(VIII) El monstruo homosexual (Carlos Basilio Muñoz, Nº 146)
(IX) Los litos grabados del Solís Grande (Daniel Vidart, Nº 148)
(X) La santa inquisición, In nomine domine (Pablo Ney Ferreira, Nº 149)
(XI) Entre la ficción y la inquietud. ¿Cuál es nuestro pasado? (Mario Consens, Nº 159)
(XII) Ser mujer, ser judía (Merle Bachman, Nº 160)
(XIII) Palabra de mujer (Mariluz Restrepo, Nº 166)
(XIV) ¿Quién es mi semejante? (Alain Finkielkraut, Nº 168)
(XV) Estampa de varón, (Uruguay Cortazo, Nº 173)
(XVI) Sociología del género (Julia Varela y Fernando Alvarez-Uría, Nº 179)

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