Cuentario
El delito
No sé porque tenía que llover en el medio de un paro sorpresivo de ómnibus. ¡Caramba! y yo aquí en el medio de la nada. Y ni un taxi, porque no habré salido con el coche, pero claro el portero estaba lavando el patio de las cocheras y me dio no sé qué molestarlo. "Mentirosa: no saliste con el auto para que no le pusieran el cepo, y ahora estás ensopada", dijo mi campera de antílope azul mojada, mi campera, mojada por esta lluvia tan tercemundista, porque si esto me hubiera pasado en Europa, ¡qué anécdota!
Bueno, me voy a tomar con calma este repecho y después veremos, a lo mejor consigo un taxi, "¡TAXI!" y ahí le hago una seña con mi mano derecha, bien extendida. "¡A ver Rolando Rivas, esperame que cruzo! ¡Ay! ¡los zapatos de gamuza negros!, ¡por qué hoy? "Porque querías impresionar al caballero que fuiste a ver, y vos sabés que nosotros te hacemos más elegante y además llevás la pollera corta, y al caballero le cruzaste las piernas frente a su nariz y conseguiste el efecto deseado" -dijeron los zapatos al mismo tiempo.
Me subí al taxi.
-Buenas tardes, voy a Veinticinco de Mayo y Misiones, tome por donde quiera. -Me adelanté a la fastidiosa pregunta ¿por dónde quiere ir?, ¿sabe? hace poco que estoy en la calle y no sé donde queda.
Mmmmm -respondió-.
Me desparramé en el asiento trasero, totalmente agotada, pero sin perder la conciencia, ya que como siempre, busqué el dinero y ahí, en el portafolios, vi un paquete de galletitas, que bajo ningún concepto debí haber comprado, y menos debía comerlas. Eran unas "Bridge" rellenas de chocolate, mis preferidas, y bueno… la lluvia, la campera, los zapatos, mis rulos tan naturalmente artificiales, que se sostenían como podían… abrí el paquete, tomé delicadamente una galletita entre el pulgar y el índice, la llevé a la boca y la mordí. Estaba tan rica que dejé de lado los buenos modales enseñados por abuelita y la galletita fue deglutida. "Bien Terminator, ya vas por la tercera". "Y sí", le respondí al subconsciente hijo de mala señora. En ese mismo momento, el conductor anunció:
_A la Ciudad VIeja es imposible llegar porque hoy es viernes. _Yo miré directamente a la nuca. (Dicho de paso no me gustó, necesitaba urgente, un peluquero; más arriba estaba bastante peladito; bueno yo también, digo que yo también necesitaba que me arreglaran el cabello.) y con cara de "a mí qué me importa", mientras lamía el chocolate, dije:
-No me diga.
-Mire jovencita…
"Favor que usted me hace, caballero", pensé. El estaba gritando y mientras detenía el taxi, daba vuelta la peluda - calva - nuca - cabeza.
-Mi taxi no es restaurante, así que ¡me paga, se baja y se va!
Con mi sexta galletita en la boca respondí atónita:
-¡Quéeee?
-Que me paga y se va.
-No me bajo nada, usted me lleva adonde indiqué.
-Que me pague y se baje.
-Maleducado, incompetente.
-Pague y váyase o si no, la llevo a la comisaría.
-¿Qué?
Como escupida de trompetista en plancha caliente, estábamos frente a la seccional de la zona.
Entramos, el viejo, nervioso y yo, con una galletita en la boca.
-Vengo a denunciar a esta señora -"cómo me bajaste de categoría en menos de cinco minutos, de jovencita a señora, ordinario" -que no quiere pagar el viaje.
Tragué como pude, me pasé la lengua por los dientes de arriba, al mejor estilo de Tita Merello cuando canta "Si fea soy", y balanceando las caderas sobre los zapatos de gamuza mojados, entregué mi carné de actuaria del Juzgado y dije:
-Quiero ver al Sub comisario.
El policía de puerta tomó el carné y me miró. Lo miré, le sonreí -como cuando quiero que aquel haga el papel de homo erótico supermacho -encogí el hombro derecho y sobre él incliné la cabeza, mirándolo al policía de la misma forma que miro a aquél, cuando quiero que por el papel estelar de erótico y de super le alcance para un Oscar. El policía fue a buscar al superior.
Apareció el Subcomisario:
-Pero ¿cómo está, que la trae por aquí, en que la puedo servir?
El taxista se adelantó y dijo:
-Esta señora no me quiere pagar el viaje.
-¿Usted? -dudó el Subcomisario.
-Yo, yo no.
-Pero, por favor, explique lo sucedido.
-Yo…-"te gané viejo de miércoles", comencé con la explicación del paro, la lluvia, el apuro. Omití por pudor mi campera, los de gamuza y el medio paquete de galletitas, refiriéndome sólo a las grandes culpables.
El obrero del volante (que ya a esta altura presión mínima debía tener 20) se exasperaba, moviéndose por el despacho, y en ocasiones sentándose. Vociferaba que la dulce mujercita no quería pagar tal cantidad.
-Mire señor Subcomisario, no es la cantidad, es el hecho, que este señor, por llamarlo de alguna manera, se le ocurre realizar una denuncia penal en mi contra, cuando es él que no sabe cómo llegar a la Ciudad VIeja. Y bajo el absurdo delito de comer una galletita -"qué mentirosa soy"-, una galletita en su unidad móvil, no cumple con el contrato de arrendamiento de servicios que habíamos acordado; me priva de mi libertad, conduciéndome a una Seccional, bajo el falso cargo de no querer pagar un viaje, y exige además un pago que no le corresponde, al que me niego totalmente, porque éste señor me echó del coche porque según su entender, yo lo había utilizado de restaurante. Yo por mi parte cumplí con todos los letreros del taxi: no fumé, no hablé fuerte, utilicé el cinturón de seguridad y además por mi cuenta, al encoger las piernas, me enganché las medias con la mampara. No había ningún letrero que dijera "no se puede comer".
-Miente, miente -vociferó el taxista una vez.
-Yo, ¿yo mentir?, jamás: "la honradez nivelará mis pasos, la verdad es mi apostolado" ("y las galletitas mi perdición").
Era tal el lío que el Subcomisario, como pudo, trató de arreglar la cosa, pidiéndole al hombre que se serenara, pero éste antes de retirarse, dijo su discurso final:
-Esta señora "carnetea" y así no vale, yo soy un ciudadano que pago mis impuestos, voto, soy un demócrata, pero esto, se va a saber.
Yo para mí: "reventá".
En definitiva terminamos saliendo juntos, la lluvia caía aún con más fuerzas, él se subió al coche y arrancó, yo empecé a caminar, ya nada me importaba, y cuando estaba pensando qué triste fin habían de tener mi campera de antílope azul, con cinto, y mis zapatos de gamuza negros y puntera dorada, con taco ancho y alto, miré al cruzar la calle, y ahí cerquita de mí un taxi, libre. El conductor me mira, me acerco, el baja el vidrio de la puerta derecha, yo me acerco más y como en un susurro le pregunto:
-¿Usted deja comer galletita en el el taxi? -mientras aparecen mi famosa sonrisa y mi mirada, que si aquél me ve, gana todos los premios del mundo cinematográfico y la ovación de pie.
Lily Leiffer
(Fuente: "Piso 12", del Taller Literario de la Asoc. de Escribanos del Uruguay. Ed. Santa María)