Fanny Schkolnik

Jean Laplanche:

entre lo copernicano y lo ptolomeico

Los aportes conceptuales de Laplanche en los últimos años apuntan a profundizar en la noción de un sujeto descentrado en el cual lo inconciente, lo más extraño en cada uno de nosotros, se constituye en función del otro. Con un criterio simplificador se podría decir que el centro de cada sujeto estaría en el otro. Sin embargo, las cosas no son tan sencillas.

 

J. Laplanche, es uno de los pensadores más importantes del psicoanálisis actual. Miembro Titular y Didacta de la Asociación Psicoanalítica de Francia, Director de la prestigiosa Revista "Psicoanálisis en la Universidad" y creador –junto a Pontalis– del conocido "Vocabulario del Psicoanálisis", desarrolla en sus últimas publicaciones(1) un replanteo importante acerca de la constitución del psiquismo y los objetivos de la cura.

La revolución copernicana, en Astronomía, no está dada solamente por un pasaje del geocentrismo al heliocentrismo. La inmensidad del universo, hasta la infinitud, es una consecuencia de la teoría heliocéntrica; las estrellas están, al respecto de nosotros, a una distancia inconmensurable. La revolución copernicana inaugura parcialmente la ausencia de centro. En un mundo donde las distancias son casi infinitas, se vuelve absurdo intentar conservar el sistema solar como centro.

Si el hombre ya no está en el centro del universo, no solo todas las cosmogonías y génesis míticas se ven contradichas, también se derrumban las construcciones que están centradas en el hombre. Para Laplanche la revolución copernicana sugiere que el hombre, incluso como sujeto cognoscente, no es el sistema de referencia central de lo que conoce. El descentramiento y la infinitud del universo serían anunciadores de una infinitud del saber y de un descentramiento epistemológico difícil de aceptar.

En Freud, hay una verdadera alternancia entre la visión copernicana y la visión ptolomeica. Laplanche plantea que el descentramiento radical propuesto por el psicoanálisis se caracteriza por dos aspectos fundamentales: el descubrimiento del inconciente, que de hecho es un centro descentrado y, por otra parte, la teoría de la seducción, vertiente fundamental en cuanto a la condición de creación del inconciente, tal como lo concibe este autor. "Das Andere", la otra cosa en nosotros, es lo que del otro se implantará en el sujeto, manteniendo su condición de extranjería. La apertura hacia el otro, condición de la creación del inconciente, configura el movimiento copernicano. La inclusión del otro en nosotros da cuenta de un movimiento ptolomeico que, sin embargo, no alcanzará a borrar los efectos de esa particular relación con el otro.

 

Seducción originaria y constitución de psiquismo

 

Con la teoría de la seducción generalizada(2) este autor se propone dar cuenta de la constitución del psiquismo así como de los fundamentos de la cura. Ambas situaciones pasan por una particular relación con ese otro cuyos mensajes enigmáticos alcanzan al sujeto.

Este punto de partida constituye el fundamento de su postura metapsicológica en la cual se sostienen sus planteos acerca de la práctica.

Con respecto a los orígenes del psiquismo, Laplanche plantea que el inconciente no está desde el comienzo, y, en consecuencia, no tiene un origen biológico o constitucional. Surge a consecuencia de la seducción originaria, que implica una situación en la cual el adulto, activo, envía mensajes enigmáticos, sexuales, que provienen de su propio inconciente y que afectan al niño, pasivo, implantándose en un primer momento en la dermis psicofisiológica, para constituir los objetos-fuente de la pulsión. Sus puntos de anclaje biológico serán las zonas erógenas.

Éste será el primer tiempo, dirá Laplanche, del proceso de represión originaria, previo a la constitución del yo. Los mensajes del adulto constituyen significantes enigmáticos, en tanto vehiculizan algo incomprensible para el niño y desconocido para el adulto emisor. En un planteo que toma como punto de partida lo que Freud propone en la Carta 52(3), este primer tiempo de la represión correspondería a los signos de percepción. Algo hace signo desde el otro y se implanta, de alguna manera, en el niño.

Posteriormente, se darán, por un lado, las diferentes traducciones, y por otra parte los fracasos de la traducción que constituirán la represión. Es así que Laplanche plantea un segundo tiempo de la represión originaria que implica, al mismo tiempo, un proceso de traducción de dichos mensajes, que dará lugar a la formación del yo, mientras que lo que no pudo ser traducido, llevará a la instauración del inconciente, constituido por significantes des-significados. Estos significantes, que han perdido la vinculación con el referente, no se vinculan entre sí, dado que son el fruto de los efectos desligadores de la pulsión sexual de muerte. Se establece entonces la división yo-inconciente, fundamental para la constitución del sujeto. El conflicto originario, tal como lo concibe este autor, será entonces un conflicto entre el ello y el yo, entre lo ligado y lo no ligado. La pulsión deja de tener entonces un origen biológico y pasa a ser creada por esos mensajes que provienen del otro.

 

Papel del mensaje

 

Un concepto fundamental en la concepción de este autor es la noción de mensaje, que le permite encontrar una salida al problema que tanto ha preocupado a Freud a lo largo de toda su obra, en cuanto al acento que debe ponerse en relación al origen del conflicto psíquico. Laplanche plantea que lo traumático, lo que el sujeto debe someter al proceso traductivo-represivo, no es ni el acontecimiento en sí, ni la mera fantasía; son los mensajes que provienen del inconciente del otro. Un gesto, una sonrisa, una elevación del tono de voz, o una palabra, pueden vehiculizar algo sexual que proviene del adulto. La madre no solo satisface las necesidades básicas que tiene el niño para mantenerse vivo, sino que ya desde el comienzo establece un vínculo que desborda lo que podría considerarse esencialmente ligado a la autoconservación. Los cuidados corporales vehiculizan mensajes sexuales. La observación del coito parental, la llegada de un hermanito, o también otras escenas que el niño vincula de alguna manera con la sexualidad de los padres, le imponen imágenes y fragmentos de secuencias escénicas, en un comienzo, inasimilables, que no puede traducir. ¿Qué quieren mis padres cuando me enfrentan a su sexualidad? ¿Qué quiere de mí esta mujer que me está amamantando?

 

La seducción originaria en la cura

 

Laplanche dice que por las propias características del método psicoanalítico (encuadre, neutralidad, libre asociación) el paciente puede reeditar, en la transferencia, vivencias propias de la situación de seducción originaria, quedando enfrentado nuevamente a los enigmas respecto a los mensajes parentales. Revive de alguna manera, con su analista, esa situación asimétrica en que se encontraba pasivo frente al adulto del cual recibía mensajes de significaciones sexuales, inconcientes para el propio emisor. Por su parte, el analista buscará crear las condiciones más apropiadas para facilitar una reapertura de la represión originaria, que daría lugar a una posible modificación estructural a nivel del yo, vinculada a nuevas y mejores traducciones, así como habilita a que algo de lo inconciente acceda a una posible traducción.

La cura implica la instauración de un lugar pulsional o sexual puro. La situación analítica funciona apartada de la autoconservación. Los intereses adaptativos no están incluidos de ese campo analítico que se establece entre el paciente y el analista, sino que están tangencializados, debido a la existencia de ese recinto espacio-temporal y, sobre todo, por el rehusarse del analista, tanto en cuanto a los aspectos adaptativos como en relación al saber.

La situación analítica es también un lugar de contenimiento y de sostén. Contenimiento y regularidad en el tiempo de la sesión, constancia en el ambiente, y sobre todo, la actitud del analista, particularmente atento a lo que trae el paciente. La existencia de un recinto es fundamental para el trabajo de análisis, dado que nosotros favorecemos la desligazón.

 

La transferencia: su provocación por el analista

 

Laplanche nos plantea que la transferencia juega un papel fundamental en la cura. El analista, con su método, provoca la transferencia. Con la neutralidad deja un lugar abierto para que el paciente venga a alojar allí sus propios enigmas y se reabran sus interrogantes con las figuras parentales de la situación de seducción originaria. Pero no es la repetición la única condición para que se genere el vínculo transferencial. De ahí que habría que establecer una diferencia entre lo que él llama transferencia en hueco y la transferencia en pleno.

— La transferencia en pleno, sería la repetición de los comportamientos y de las relaciones con las imagos infantiles, sin que el paciente quede enfrentado al enigma. No solo ocurre en el análisis, sino que también se da, afuera. Es la que está presente cuando surge la necesidad de hacer una interpretación de la transferencia.

— La transferencia en hueco, es también una repetición, pero en ella la relación infantil repetida reencuentra su carácter enigmático. La asociación libre constituye, en esa situación, un instrumento fundamental para lograr una aproximación a lo inconciente. Así se vuelven a poner en juego, en interrogación, mensajes enigmáticos de la infancia, que gracias a la situación analítica, pueden quedar disponibles para la reelaboración.

En el análisis de un paciente se dan habitualmente momentos de transferencia en lleno y momentos de transferencia en hueco. Cuando se da la primera, en cierto modo la tarea analítica deberá estar centrada precisamente en lograr que de la transferencia en pleno el paciente pase a una transferencia en hueco; es decir, que pueda quedar enfrentado a lo enigmático. Si esto no se puede lograr y predomina la transferencia en pleno, debe considerarse un motivo importante de inanalizabilidad.

La transferencia, en su doble vertiente de asimetría y de enigma, también tiene como núcleo activo, la seducción. La situación analítica se aparta de autoconservación, para constituirse en un lugar pulsional en el que se trabajarán fundamentalmente las distintas formas en que se manifiesta el amor y el odio en la transferencia. Se crea así un espacio que contribuye a la restauración de un lugar de seducción originaria. Las diferencias con esta última pasan por el trabajo del analista con su propio inconciente, para mantener la neutralidad necesaria que abra el hueco en el cual se van a alojar los enigmas que remiten al inconciente del paciente.

 

La interpretación como deconstrucción

 

En cuanto a su concepto de interpretación, importa destacar en primer lugar, que su planteo apunta claramente a una postura antihermenéutica. Es decir que no se trata de dar sentidos o de buscar los sentidos ocultos del discurso manifiesto del paciente. El método consistirá en rechazar todo punto de partida predeterminado, prejuiciado teóricamente, para quedar librado lo más posible al determinismo inconciente que surge a través de la asociación libre. La imagen de una red de asociaciones, estará siempre en la base del desarrollo de la cura y de cada sesión analítica, de modo que puedan ser siempre retomadas. El rol del analista es proporcionar elementos que se hallen, lo más cerca posible, de los elementos inconcientes en juego. Freud hablaba de algo similar cuando decía que había que proporcionarle al paciente las representaciones expectativa por semejanza con las cuales, podía aproximarse a las representaciones inconcientes(4). Por otro lado, Laplanche toma el concepto de interpretación del trabajo de "Construcciones en Psicoanálisis"(5) donde Freud dice que interpretar es señalar o subrayar una relación particular. Con esta definición la interpretación va justamente en la dirección del proceso asociativo-disociativo.

Si el paciente sueña que le robaron el paraguas, no se trata de apurarnos a pensar o interpretar algo en relación a la castración, sino que importa buscar qué significa ese paraguas para él en ese momento. Hay que encontrar el código individual de cada paciente. El rol del analista es detraducir, desarmar las construcciones teóricas del paciente y promover la libre asociación. Es como si tuviéramos que trabajar con los fragmentos de un texto, para que pueda rearmarse.

El trabajo propiamente analítico, lo específico del análisis, implica entonces una deconstrucción de los mitos y de las ideologías que el yo se construye para enfrentar los enigmas. Este trabajo de detraducción, propiciado por el analista, se enfrenta a un movimiento inverso del lado del paciente, que tiende a la síntesis. Para Laplanche el sujeto es ante todo autoteorizante, excepto en el caso de la psicosis, en la que hay una falla originaria de detraducción y la tarea de ligar o de dar sentidos también compete entonces al analista.

Para ver el alcance que tienen estas afirmaciones es ilustrativa su comparación con la química, que toma de Freud quien usaba la siguiente imagen: al analizar un líquido no se pueden separar sus elementos dado que éstos tenderán siempre a recomponerse. De ahí que no hay que preocuparse por aportar nuevos lazos puesto que el paciente no hace otra cosa que eso.

El ser humano tiene necesidad de darse una visión coherente de sí mismo, y el psicoanálisis debe intentar, justamente, destruir, en la medida de lo posible, esa gran coherencia. La función del psicoanálisis no es reforzar los mitos, no es que el analista aporte sus propios mitos ni tampoco otros mitos psicoanalíticos. La tarea básica es desligar, analizar, e intentar que se produzca una religazón más adecuada.

Sin embargo, aún en las neurosis, la tarea de ligar, establecer vínculos entre los distintos elementos que aporta el paciente, o incluso de construir o reconstruir, se vuelve imprescindible en muchos momentos, ya sea por las características de la represión o por la persistencia de aspectos arcaicos. Laplanche acepta que ésta también es una tarea del analista, pero que, en ese caso, se trata de un trabajo más psicoterapéutico que analítico.

Con respecto a la relación que este autor establece entre la interpretación y la transferencia, importa destacar que su prioridad está siempre ligada al hecho de trabajar en transferencia. Y en este sentido, la interpretación de la transferencia solamente sería necesaria en el caso de la transferencia en pleno y aún así, también debe considerarse el riesgo de favorecer un vínculo dual entre el paciente y el analista. El analista debe tratar de favorecer la instauración de ese hueco imprescindible para que el paciente pueda enfrentarse a sus enigmas, en particular los enigmas de la situación originaria, con la posibilidad de realizar nuevas traducciones.

 

Objetivos del proceso analítico

 

El trabajo del análisis no apunta ni a la pura realidad de los hechos, ni a la pura subjetividad. No se trata de reconstruir una realidad de acontecimientos vividos ni de acceder a un objeto construido sino que se busca reconstruir los mensajes parentales enigmáticos que el niño tradujo de alguna manera, pero que también, en parte, quedaron sin traducir. Esto implica acceder a una situación en la que se abra la dimensión al enigma, que permita al paciente alojar sus propios enigmas en el analista, y no que el analista le aporte nuevos enigmas, que son los suyos.

En cuanto a la ubicación que tienen el Edipo y la castración en el análisis, Laplanche plantea que son guiones que proponen un ordenamiento posible pero no necesario. Edipo y castración no constituyen el nudo del inconciente, sino que son elaboraciones que surgen a partir de la cultura, para dar cuenta de alguna manera de lo inconciente. Con los cambios en la sociedad, el lugar otorgado al falo y al padre podrían cambiar. Este planteo es coherente con su teoría acerca del inconciente como lo no ligado, que no permitiría dar cabida a elementos más estructurados como es, por ejemplo, el Edipo. Sin embargo, admite que es a través de estos mitos, propios de la cultura en la cual están inmersos paciente y analista, que se vehiculizan los conflictos psíquicos que se trabajan en el análisis.

La propuesta de la deconstrucción como método específico y fundamental del psicoanálisis, probablemente responda a una reacción contra una tendencia a interpretar todo lo del paciente, implantar sentidos, descubrir sentidos ocultos tras el discurso manifiesto del paciente, en definitiva, ubicarse en una posición francamente hermenéutica. El análisis, para muchos, implicaría esencialmente dar sentidos o descubrirlos y Laplanche nos advierte del riesgo que el analista imponga o implante sus propias teorías, y que a la vez favorezca la teorización en el paciente sin que se pongan en juego sus vivencias.

Es inevitable también asociar este concepto de deconstrucción, central en la teorización que este autor hace de la interpretación, con todo un movimiento que se da en Francia, en distintas disciplinas, particularmente, a partir de la década del 70, inspirado en las ideas de Derrida. El tema de la deconstrucción surge en la filosofía pero no extiende a la investigación de textos literarios y al análisis del discurso en psicoanálisis. Este es un planteo post-estructuralista, en reacción a la tendencia estructuralista de privilegiar la existencia de invariantes en el marco de las distintas estructuras.

Planteadas así las cosas, el análisis sería una tentativa de restructuración del yo, mediante nuevas traducciones, que surgen en la medida que el trabajo de detraducción permite que el sujeto pueda reapropiarse de los elementos que han quedado excluidos, no disponibles para la traducción. En este proceso se dará la posibilidad de que surjan nuevas y mejores autoteorizaciones. La cura buscaría una autoconstrucción menos sujeta a lo "no traducido" mediante una deconstrucción de construcciones antiguas, facilitada por un cierto levantamiento de la represión. Es un trabajo de simbolización que al mismo tiempo implica historización. Se integran redes, en forma de secuencias, estructuras simbólicas capaces de poner en orden lo pulsional, en una forma menos empobrecedora que el síntoma.

Y con respecto a la terminación de análisis, Laplanche dice que no puede ser pensada como disolución de la transferencia, en tanto que ésta, está en relación con el objeto enigmático. La terminación puede solo significar la transferencia de ese proceso transferencial a uno o varios lugares otros, a unas u otras relaciones otras. La única terminación concebible es entonces la transferencia de la transferencia. Hay momentos definidos en que la terminación del análisis puede ser decidida en función de esta transferencia de la transferencia. Se trata, para el analista, de constatar que se ha producido algo que lleva a que, en la realidad, fuera del análisis, se pueda tener una relación al enigma suficientemente abierta.

 

Referencias

 

1. Laplanche, J. La prioridad del otro en Psicoanálisis. Amorrortu Editores. Buenos Aires, 1996.

2. Laplanche, J. Nuevos fundamentos para el Psicoanálisis. Amorrortu Editores. Buenos Aires, 1989.

3. Freud, S. Fragmentos de la correspondencia con Fliess: Carta 52. Amorrortu. Buenos Aires, Tomo I, 1976.

4. Freud, S. Las perspectivas futuras de la terapia psicoanalítica. Amorrortu. Buenos Aires, Tomo II, 1976.

5. Freud, S. Construcciones en el Psicoanálisis. Amorrortu. Buenos Aires, Tomo XXIII, 1976.