Palabra oral y palabra escrita
Hablar, charlar, dialogar, discutir, conversar. Son manifestaciones de un mismo proceso de comunicación que lleva un mensaje de un interlocutor a otro por medio de la palabra oral. Redactar y componer. Son otras manifestaciones que se valen de la palabra escrita para cumplir los fines propios del lenguaje.
Quien habla trasmite signos sonoros, pero puede, también, estampar signos escritos, pues hablar, de acuerdo con el DRAE, equivale a "comunicarse las personas por medio de las palabras" (acepción 3) y, más claro aún, "tratar de algo por escrito" (acepción 9). Aunque no lo dijera el diccionario, habría que admitir sin ningún tipo de restricción que se habla oralmente y se habla por escrito. Estas dos formas de comunicación son expresiones distintas del hablar, por los órganos o medios de que se hace uso. De un modo o de otro, siempre se habla.
A menudo se establece distingo semántico entre hablar y escribir y se da la idea de quien escribe no habla. A los efectos de la conversación normal, general, diaria, no importa mantener ambos vocablos separados en cuanto a su contenido, pero es necesario recordar que tanto uno como otro designan formas de hablar.
Fluir incesante
La corriente continua que representa el hablar en todas sus formas, impulsada por los millones de seres que se expresan en el mundo entero, es inacabable. Se puede comparar con el infinito: nunca termina el camino, no se vislumbra el fin, la mente enloquece al comprender –comprobar por un sencillo hecho de reflexión– que no hay límites.
Esa corriente sonora o silenciosa –según el valor físico del signo–, precisamente por su doble modo de ser creada, posee particularidades inocultables para el observador. No es lo mismo la estructura de un texto oral que la de un texto escrito. En estas diferencias se basa el predominio de la lengua oral sobre la escrita. La primera es de todos los días, necesaria y fácil de aplicar; la segunda, inclusive dentro de la necesidad de su empleo, contiene inconvenientes que pueden llevar a mucha gente a no ponerla en práctica o a prescindir parcialmente de ella. Es más: hay millones de personas que nunca escriben y para quienes únicamente la palabra oral existe. Son personas que, por razones de trabajo, de relacionamiento, de cultura, no se allegan al papel y el lápiz (¿quién va a pensar, en este caso, en la máquina o la computadora?) y mantienen un vínculo siempre igual con sus semejantes en cuanto a vías de comunicación verbal se refiere.
La lengua oral: sintaxis
Es el pan de todas las horas, tanto para la gente culta como para la que no lo es. Sin la oralidad hay un hueco profundo en la relación personal y se hacen muy difíciles las decisiones, las propuestas, las informaciones y hasta la más sencilla comunicación. Prueba clara de lo antedicho es que las personas que carecen de la palabra hablada o tienen limitaciones serias para producirla se encuentran muy disminuidas en el medio en que actúan, aunque hallen a mano un sucedáneo eficaz.
Se puede trazar un perfil general de la lengua hablada oral basándose en cuatro o cinco componentes muy perceptibles en cualquier encuentro conversacional. Uno de ellos se relaciona con la sintaxis.
Se advierte que quien se vale de dicha lengua suele no organizar firmemente la expresión, pues inciden factores de influencia restrictiva en el hablante, en la situación, en el conocimiento individual del tema o en las interferencias ambientales. De ahí la frecuente partición del texto en segmentos que parecen oraciones sin serlo; en vacilaciones que dan entrada a muletillas y silencios breves; en el acompañamiento de gestos y ademanes que sustituyen a un conjunto de vocablos elididos; en el retaceo de estructuras gramaticales de cierta complejidad, como oraciones subordinadas.
Este esquema es el básico. Generalizaciones tajantes son impensables en este terreno tan ligado al individuo. Sin duda, una persona habituada a hablar por su profesión de carácter intelectual armará con solvencia y seguridad su discurso tal como si estuviera escribiendo lenta y meditadamente. Ello no le impedirá que, por voluntad propia, se adapte al modo de hablar del común de la gente para no desentonar entre ella. Asimismo, una persona de muy poca instrucción ampliará, sobre todo, la gama de fallos sintácticos y hará bastante más oscura su comunicación con los demás.
Véase un ejemplo cualquiera. Frente a una prenda de vestir, las vacilaciones para decidirse por su compra originan el siguiente texto: "Ya sé que es muy / el color me gusta, pero / bueno / a ver aquel otro / y / me pa… / ¡hum! / ¡ah no! ¡no! / creía / ta /.
Las barras indican pausas. A continuación de ellas se reanuda la expresión, aunque se pase al fraguado de otra oración (unimembre o bimembre) o se realice un intento de oración.
El texto anterior puede elevarse o rebajarse sintácticamente según quien lo construya. Es posible anotar muchas variantes de un modo de expresión como el citado, pero, en esencia, el hablante, cualquiera sea, mostrará en muy elevado porcentaje de situaciones, algunos de los detalles registrados.
La lengua oral: vocabulario
Procediendo así, hay muchas posibilidades de corregir sobre la marcha. Se corrige por haber cometido un error o dicho una palabra en vez de otra menos precisa; por haber pronunciado borrosamente un vocablo; haber iniciado un modo de estructuración y darse cuenta de que se producirá un anacoluto; haber dicho en el apresuramiento de la conversación un extranjerismo con el que no se está de acuerdo y querer modificarlo por traducción o calco; haber empleado un tiempo verbal inapropiado… El etcétera que sobreviene es larguísimo. Lo cierto es que la lengua oral, por su elasticidad e inmediatez, por tener delante al interlocutor, por estar dentro de la situación física de los hechos, facilita el acto de relación verbal entre dos o más personas dándoles caminos de reelaboración instantánea que ayudan a mejorar lo que se expresó sin cuidado o con errores de construcción. Todo esto, por cierto, siempre y cuando el diálogo se produzca entre gente que tiene un grado de preparación superior al medio y que conozca, también por encima de la media, su lengua materna. Quien esté en posesión de una cultura rudimentaria o inferior al promedio general no tendrá cómo percibir que se producirá un anacoluto ni descubrirá si usó un extranjerismo criticable o un tiempo verbal fuera de lugar. Desde ahora se va viendo que la expresión individual depende fundamentalmente de la cultura del individuo y que, mientras ella no sea mejorada, no habrá oportunidad de superar la comunicatividad.
Por otra parte, la corrección puede tomar otro rumbo. Servirá para acumular palabras que expresen mejor un concepto. Queda formado, entonces, un texto con sumandos de los cuales tiene gran peso, a veces, decisivo, el último utilizado. Tómese el caso de un diálogo mantenido entre dos estudiantes acerca de un profesor. Uno dice: "Es un profesor muy bueno, es bárbaro, es fenómeno. Sabe mucho, un quilo. Podemos preguntarle sin miedo y tené la seguridad de que en seguida te contesta bien, al metro". El empleo de voces populares como cierre de cada enunciado está indicando algo más que un juicio de valor; indica una gradación, en este caso por el lado positivo, de distintas ideas sobre el profesor. Este texto también puede ser propio de la lengua escrita y ser expresado exactamente en los mismos términos. Siendo así, lo primero que se le ocurre al lector atento es decir que esa manera de escribir participa de la expresión oral y coloquial.
La flexibilidad de la lengua hablada genera idas y venidas en el discurso de cada interviniente, de modo tal que es inevitable, para quienes no tienen seguridad en la expresión, el caer bastante a menudo en incongruencias o en la incomprensión.
Lo dicho conduce ahora a señalar que el hablante –por oposición al escribiente– recurre a un vocabulario reducido. Usa voces comunes y corrientes, las reitera, toma vocablos de gran amplitud, inventa –cuando la necesidad lo impele– términos que generalmente mueren en seguida de ser creados y asimilados por el interlocutor, no sale de tres o cuatro conectores conjuntivos entre los que son infaltables y, pero, entonces. Se mueve, pues, dentro de límites muy opresores. Lo hace por ignorancia, por comodidad o por pereza mental. Este proceder discursivo no entorpece necesariamente el resultado de la conversación (aunque sí le imprime monotonía), contribuye al ahorro de energías en la búsqueda de términos de más especificidad y alejados de la memoria inmediata, y también al ahorro del tiempo de exposición.
Pese a lo dicho, no hay que olvidar que, fuera de los límites de la generalidad, hay hablantes que son rigurosos en su decir y que solamente incurren en pequeñas caídas o lapsus por distracción o apresuramiento. Otra vez es útil recordar que la base cultural de una persona es decisiva para que su modo de comunicación oral llegue con mayor o menor profundidad a la conciencia del oyente.
La lengua oral: transitoriedad
Las pocas características mencionadas sobre la lengua hablada oral (sépase que hay más) alcanzan para comprender que los textos producidos se distinguen formalmente de los que toman como base la palabra escrita. Comparar una conversación (grabada, por supuesto) con un fragmento de artículo periodístico o libro es tarea fácil que permite arribar con comodidad a esta conclusión: quien se expresa oralmente es creador de textos signados por la transitoriedad, los que, al no mantenerse con firmeza en el oyente, hacer perder –mucho, en determinadas circunstancias– el contenido de lo expresado. De ahí que, de una conferencia puramente asentada en la voz del disertante, suele quedar escasa sustancia conceptual de no mediar el auxilio de un gran poder de retentiva en el oyente o de elementos visuales complementarios.
La televisión, a pesar de su carácter de medio mixto, audiovisual, debe insistir en las palabras claves de sus mensajes publicitarios o periodísticos si quiere llegar con fuerza de penetración al auditorio. La pasividad de los oyentes es una razón poderosa para que haya insistencia en lo mismo dentro de los mensajes televisuales, ya que la laxitud y la distracción son propiedades inherentes al grueso de los teleespectadores.
La lengua escrita: permanencia
Si al hablar oralmente todo vuela, al hablar por escrito todo queda. La escritura consagra lo que se dice, lo registra por un tiempo más o menos extenso; le da al escribiente (que no deja de ser hablante) el poder de posesión real de sus dichos. Queda para el futuro cualquier texto escrito por el medio que fuere: lápiz, bolígrafo, tiza, máquina, linotipo, computadora, punzón, dedo. Claro que ese futuro puede ser de muy poca duración: el texto escrito en la arena desaparece apenas suben las aguas; el texto burdamente trazado en la calzada de la calle o en una pared se va borrando con el tiempo cuando no es suprimido por quien se siente agraviado por él; el texto impreso dura mientras el papel no se rompa o deteriore en contacto continuo con el sol, el agua o la humedad. La permanencia está, asimismo, de acuerdo con la finalidad del texto escrito (diarios, revistas, libros y similares), por un lado; recetas, cartas o billetes, prospectos, por el otro) y con el material en que el texto descansa (papel, piedra, cartón, etc.)
Quien escribe sabe con certeza que hay una duración para el texto creado y contribuye a su afianzamiento y solidificación con elementos lingüísticos que, por lo común, no aparecen en los textos orales. Emplea muchas conjunciones (coordinantes y subordinantes), así como pronombres relativos, en particular "quien" y "cuyo", casi inexistentes en la lengua oral; recurre a diversidad de oraciones subordinadas que distribuye a lo largo de la expresión para indicar con rigor notas distintivas del objeto designado por un sustantivo o para desenvolver notas inherentes a ese objeto, como en el caso de las subordinadas adjetivas; o para indicar aspectos temporales, locativos, causales, modales, cuantitativos, finales, como sucede al valerse de subordinadas adverbiales; o para resaltar la complejidad del sujeto de la oración o de su objeto, tal como se ve en muchas subordinadas sustantivas. Hay, además, gran variedad de recursos gramaticales que, como los mencionados, van dirigidos a dar textura maciza a la expresión.
Si a todo lo anteriormente dicho se agrega un vocabulario cuidado, exigente y abundante y la seguridad de que siempre es posible (y deseable) volver una y otra vez sobre lo escrito para reestructurarlo mejorándolo, se tiene un conjunto de normas (por decirlo de alguna forma, cómodo) que establecen una diferencia muy visible entre un texto escrito y un texto hablado.
Un párrafo –el inicial de "El descontento y la promesa" de Pedro Henríquez Ureña– dice: "Haré grandes cosas: lo que son no lo sé". Las palabras del rey loco son el mote que inscribimos, desde hace cien años, en nuestras banderas de revolución espiritual. ¿Venceremos la maliciosa promesa? Apenas salimos de la espesa nube colonial al sol quemante de la independencia, sacudidos el espíritu de timidez y declaramos señorío sobre el futuro. Mundo virgen, libertad recién nacida, repúblicas en fermento, ardorosamente consagradas a la inmortal utopía: aquí habían de crearse nuevas artes, poesía nueva. Nuestras tierras, nuestra vida libre, pedían su expresión".
Una simple lectura deja en claro que la preparación de esta expresión requirió un elaborado redondeo, una paciente constante para darle la forma final. Es seguro que no salió de un tirón de la pluma del autor: exigió de él una primera y serena reflexión sobre el contenido y luego un traslado a la hoja para darle forma definitiva en tanteos sucesivos. El simple hecho de estar escribiendo y no hablando directamente con alguien basta para tomarse el tiempo que se desee con el fin explícito de dar continuidad clara y terminación justa al pensamiento. He aquí una formidable ventaja de la escritura: no tiene prisa, puede recorrerse palabra a palabra el texto para quitar y poner lo que se quiera, su permanencia le otorga poder absoluto sobre el trabajo en desarrollo.
Si alguien hablara tal como escribió Henríquez Ureña, habría que pensar que está dando una clase o dictando una conferencia; de lo contrario, sería una forma super elaborada de comunicarse con los demás, una forma hasta pedante. Al hablar con la palabra oral, se crea un campo menos abierto para moverse con propiedad expresiva; en cambio, se crean urgencias que dan a la conversación o diálogo sencillez, vivacidad y fluidez. Esto no significa que siempre sea así. Ya se vio cómo, hablando frente a frente, se reducen fórmulas complejas a otras que, por quedarse en lo esencial, pueden no dar totalmente lo que se pretende trasmitir. No cabe la mínima duda de que, en definitiva, el hablante, por su mayor o menor cultura, elige lo que puede.
La lengua escrita: memoria
El escribir, como acto comunicativo destinado a la mera información, al estudio, al trabajo, a la distracción o al razonamiento, es una actividad del ser humano que le permite dar conocimiento de su persona, de su época, de sus costumbres y de todo aquello que con él se relaciona. Leer es adentrarse en la historia del hombre (mediata o inmediata). Con esa actividad se hurga en la superficie y en los fondos de manifestaciones culturales, triviales o trascendentes. La escritura recoge millones de enunciados que dan fe de millones de hechos e ideas e, inclusive, cuando se estampan involuntariamente errores por fallos tipográficos o de razonamiento, se ponen delante del lector mensajes que pasan por verdaderos si no se advierte el error. No cuesta demasiado imaginar que, a lo largo de los siglos, muchas deficiencias de esta índole haya provocado polémicas y reflexiones equivocadas, así como también (lo que es peor) resoluciones motivadoras de actitudes nuevas.
Siempre se ha dicho que el diccionario atesora la memoria de un idioma. Siguiendo con la misma metáfora, se puede afirmar que cualquier texto escrito engloba porciones de la memoria individual, las que, acumuladas, producen la memoria colectiva. Las bibliotecas y las hemerotecas son un compendio monstruoso de una producción para la que hubo muchos anuncios de muerte, que nunca resultaron ciertos y que seguirán sin resultarlo. A esta altura de la vida del hombre en el planeta, nadie puede asegurar que la palabra escrita sea desplazada hasta hacerla desaparecer para dejar en su lugar un sustituto mejor y con desarrollo asegurado. Acerca de esta posibilidad mucho se ha dicho y escrito, pero la realidad viene dando un día sí y otro también un absoluto mentís a los agoreros.
Hablar (= conversar) y hablar (= escribir) es todavía hoy el modo más directo y eficiente para diseminar las ideas, por mínimas o por superiores que sean. De la exacta comprensión de este valor, que se arrastra desde la aparición del hombre en el universo con prioridad del hablar conversacional, dependen muchas instancias fundamentales en el futuro. Que no se diga que el siglo XXI –que comienza en el año 2001– cambiará el sentido o la validez de estos fenómenos culturales.
Hablar/Escribir
Artículos publicados en esta serie:
(I) Condiciones de adquisición de la lengua materna (Françoise Bresson, Nº 95)
(II) La adquisición del lenguaje en los antropoides (Carolyn Granier-Deferre, Nº 96)
(III) Modos de simbolizar (Javier Taks, Nº 98)
(IV) Neurología de la adquisición del lenguaje (Marie-Claire Goldblum, Nº99)
(V) Creando palabras (Héctor Balsas, Nº 100)
(VI) Oralidad y escritura (Magdalena Coll-Guillermo Milán, Nº 101)
(VII)¿Adquisición auditivas prenatales? (Jean Pierre Lecanueto, Nº 102)
(VIII) La percepción de la palabra: una capacidad precoz (Josiane Bertoncini, Nº 102)
(IX) La lengua y los juegos de palabra en el niño (Frederic François, Nº 103)
(X) La lengua razonada (Valentina Pisanty, Nº 106)
(XI) Los universales y las particularidades del lenguaje (Michéle Kail, Nº 110)
(XII) Adquisición de las estructuras de comprensión de los relatos (J. F. Le Ny- G. Denhiére, Nº 114)